Por Paco Prieto
En esta temporada 2009-2010 o se inicia el renacimiento de la fiesta de toros en México o se iniciaría el principio de lo que podría ser la caída en picada de las corridas de toros en la ciudad capital. Esto sería doloroso, no sólo por lo que el toreo significa de afirmación de la vida viendo de cara a la muerte; no sólo por tratarse de un espectáculo educativo ya que ningún otro plasma con tanto vigor la condición humana, sino porque fuera de España, México ha sido desde hace casi 100 años el único país del orbe taurino que puede organizar temporadas sin el concurso de toreros fuereños, tantos y tanta calidad hemos tenido.
El caso es que, en esta temporada, por fin la empresa ha traído a las figuras españolas que llenan o casi llenan el tendido, sino que, exceptuado el deplorable encierro de Delgado, ha traído a los toreros mexicanos jóvenes que no solamente saben torear sino que tienen algo que sólo portan los escogidos, a saber, “el duende”.