Redacción Azteca 21

Nuestra tradición de conmemorar a los muertos, es una de las más entrañables y difundidas en nuestro país. Tiene un carácter eminentemente religioso que no sólo tiene fundamentos cristianos tomados de la costumbre de “honrar a los fieles difuntos”, sino que conserva muchas de las características del ritual funerario practicado por nuestros antepasados prehispánicos.

Los rituales de “velación”, la colocación de altares y ofrendas en casas y panteones para rendir culto a los difuntos, son el resultado de un complejo tejido que reúne varias tradiciones culturales: por un lado, las nativas de origen precolombino y, por otro, las españolas cristianas que nos llegaron con la conquista, además de las propias de otros grupos provenientes del África, Asia y Europa que emigraron a México durante la Colonia y, posteriormente, en los siglos XIX y XX

La época Colonial

La tradición religiosa mesoamericana sufrió transformaciones culturales con la conquista y evangelización, “naciendo religiones indígenas coloniales” – en la opinión de Alfredo López Austín –, ya que los naturales mezclaron sus costumbres y creencias con las cristianas implantadas en el Nuevo Mundo por los conquistadores.

Con la llegada de los españoles, cuya conquista se fundamentó en la evangelización; los religiosos buscaron de inmediato la destrucción de las antiguas creencias y sus prácticas, consideradas “idolátricas”. Así, las deidades de la muerte fueron destruidas, no así el culto a los muertos que conjuntó los conceptos y prácticas que ambas culturas tenían.

Costumbres y ritos católicos funerarios en el momento de la muerte y horas anuales a los difuntos fueron fácilmente aceptados por los pueblos precolombinos ya que, en cierta manera, coincidían con los antiguos hábitos.

Según se sabe, la iglesia estableció la conmemoración de difuntos para el día 2 de noviembre. Se dice que fue el benedictino San Odilón, Abad de Cluny, quien hacia 1049, a través de su revelación, fija esta fecha para dedicarla a las “ánimas del purgatorio”, lo cual fue apoyado por los pontífices, generalizándose la fecha para tal fin.

El ritual católico para celebrar a los muertos, desde San Odilón, consistía en la celebración de misas, sufragios, oraciones de diversos tipos, responsos, limosnas y oblaciones, por ser las plegarias las formas activas que tenían los vivos para ayudar a los muertos.

Por otra parte, las ideas cristianas del cielo y el infierno, la resurrección del cuerpo y la inmortalidad del alma, penetraron en el mundo indígena más que con las prédicas, a través del arte.

El teatro, la escultura, la pintura y la música fueron los medios más eficaces de que se valieron los evangelizadores para cumplir su misión. Así encontraremos en la decoración de capillas y templos de las comunidades indígenas muestras iconográficas que aluden a estos temas, uno muy representado en los primeros tiempos de la Colonia fue el Infierno y sus abrazadoras llamas que consumen a las almas pecadoras; el fin: enseñar el temor a Dios y salvar las almas de cometer pecados capitales.

A las creencias religiosas se incorporaron las costumbres populares usuales en España, donde también se hacían ofrendas: se adornaban las tumbas con flores y se ofrecían alimentos; incluso, se preparaba un pan especial “el pan de ánimas”; se alumbraba a los muertos con lámparas de aceite y se hacían oraciones como parte de los actos religiosos. Los alimentos preparados pan, buñuelos y otros, se comían una vez concluida la celebración.

Así, las costumbres indígenas se entrelazaron con las influencias del Viejo Mundo para formar una tradición mexicana. De los rituales practicados con este motivo, el más difundido, sin duda, fue y ha sido hasta nuestros días, la visita a los cementerios; pero también se colocaban altares en los hogares donde se ponía agua, velas o veladoras, flores y algunos alimentos, de acuerdo a lo que producía cada región y a los platillos de la preferencia del difunto.

La cacería del pato

Todavía hace algunas décadas era practicada esta actividad por muchos de los pueblos aledaños al lago de Pátzcuaro, la cual era todo un espectáculo; ver a los cazadores que salían desde los diferentes puntos cardinales, en sus tradicionales canoas, en busca de ánades. Los más diestros los cazaban al vuelo y otros en sus escondites naturales. Hoy día esta práctica sólo se conserva en algunos lugares como Janitzio.

Desde horas tempranas del día 31 da inicio la cacería del pato, el cual servirá para preparar algunas viandas que se han de ofrecer a los difuntos durante los días posteriores. Un buen número de cazadores provistos de sus fisgasarpón o lanza, armadas con carrizo y disparadas por medio de un tirador, que sirve para dar mayor alcance al brazo y algunas armas de fuego. Se reúnen por comunidades y acuerdan salir, a una hora determinada, a la cacería que no sólo se practica con fines ceremoniales, sino también deportivos.

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Fuente: (turismomichoacan.gob.mx)