Por Jaime Oaxaca - Cronista Taurino de México

Columna de hace 10 años para recordar un suceso inolvidable. Domingo de Resurrección: Plaza México, enero 7 de 2007.

Cuando Dios da, hasta los costales presta. Y a El Pana, Dios le ha dado y le dio en la plaza más grande del mundo, la más importante de América: la plaza México.

Rodolfo Rodríguez fue anunciado para su despedida en la décima corrida de la temporada. En el transcurso de la semana él mismo se organizó una rueda de prensa, pero no fue como lo hubiera hecho cualquier torero. ¡No!, espero a los periodistas sentado en el suelo en la entrada de la plaza México, haciendo una reminiscencia de 1978, cuando se plantó ahí mismo para realizar una huelga de hambre solicitando una oportunidad.

Llegó el ansiado domingo. Aproximadamente a las 3:30 de la tarde, estábamos situados en el siglo XIX. Un individuo se trasladaba en una calesa tirada por un caballo. Sí, en plena avenida San Antonio (Eje vial 5) del Distrito Federal. Los taurinos ya sabían que se trataba de El Pana; pero los que no, se preguntaban incrédulos: ¿y ese hombre?, ¿quién es?, ¿qué hace?, ¿a dónde va?

Algunos habrán reconocido la ropa de torear, se habrán admirado y les habrá surgido el gusanillo de asistir a una plaza de toros para constatar si todos los toreros son tan espectaculares como el que vieron en una calandria… en la calle.

Algunas aficionadas, gachís diría El Pana, como Marcia Rossell, habrán pensado: “iba en calesa, pidiendo guerra y yo al mirarlo me estremecí. Y un relicario…”

El Pana, en 30 minutos, le dio más propaganda a la fiesta de los toros, que toda una campaña publicitaria.

Cerca de la plaza, la gente lo vitoreaba cuando le veía llegar en esa forma, la última vez que había sucedido eso de la calesa, fue el 18 de marzo de 1978.

¡Ah!, por cierto, fue el mismo Pana quien lo realizó. Ese día tomó la alternativa. En 731 meses que tiene de vida la plaza México, sólo El Pana se ha atrevido a llegar así al coso.

Ya dentro del ruedo, desde que partió plaza cautivó a los aficionados, casi tres cuartas partes del tendido numerado fue a ver la despedida de tan singular personaje; ése, el que fue capaz de dar ocho vueltas al ruedo.

A El Pana le habían prometido la despedida el 29 de diciembre de 2003, inclusive me dio un volante en mano propia una semana en le que se anunciaba la mencionada despedida; sin embargo, prefirieron poner al Dandy, un colombiano con mucha lana; después vino el suplicio, tocar puertas, la cárcel por meterse al ruedo con una manta pidiendo la ansiada corrida para despedirse.

Pero Dios le tenía la fecha exacta. El Pana rezó para que le tocara un toro bueno, Dios le dio a manos llenas, le tocaron los mejores de la tarde… y no hubo trampa en el sorteo.

El Pana conmovió, emocionó hasta las lágrimas con su toreo de hondura, de sentimiento; la inspiración le llegó y dio la mejor tarde de su vida; tanto el toreo de capa como con la muleta, fue sublime.

Estamos carentes de toreros mexicanos interesantes, de alguien que arrase, que lleve gente al tendido. Los empresarios serán capaces de dejarlo ir. Si el domingo lo hubieran puesto a torear, ¡llena la plaza! No es eso lo que está buscando la empresa: un torero mexicano que llene los tendidos. Alguien diferente y, como El Pana, no hay nadie… nadie.

Ya cometieron la torpeza de no aprovecharlo durante muchos años, ¿tropezaran de nuevo y con la misma piedra?

Las vueltas de El Pana

A las 5:34 de la tarde, se anunciaba en un pizarrón el toro de la despedida: Conquistador, marcado con el número 49, un cárdeno bragado; Rodolfo no logra hacerle nada con el capote; pide los palos para banderillear, logra dos cuarteos exponiendo y con el par de Calafia termina el tercio.

La plaza echa humo de tanta ovación, una Diana baja de las alturas y El Pana se arranca a dar una vuelta al ruedo que es festejada por la afición. Termina la vuelta y haciendo señas le pide al maestro de la banda de música que le toque otra Diana, no responden los filarmónicos y El Pana les hace una seña diciéndoles tacaños, se dirige al burladero a recoger la muleta y suena la Diana. El Pana lo agradece.

Brinda por segunda vez al público va a la zona de tablas y ante micrófonos de radio y televisión le brinda a las damas, actrices y suripantas, así, sin pelos en la lengua lo dice, a las mujeres de “tacón dorado y pico colorado”, porque algunas de esas mujeres le dieron cobijo cuando dormía en la calle buscando ser torero.

Ya en el toro anterior había brindado al público yendo a los mismos micrófonos, para brindar a todos esos toreros de la legua que nunca tuvieron una oportunidad en la plaza México.

Y empezó a torear muy bien a ese último toro. Justo a las 5:53, empiezan a sonar Las Golondrinas, la piel se eriza, los olés tienen otro sabor, sabe Dios que pasaba por la cabeza de Rodolfo Rodríguez González pero estaba inspirado, toreando maravillosamente, llevando al clímax a los aficionados; sus trincherazos, sus pases con ambas manos, sus molinetes, todo con mucho sabor, realizados de forma peculiar, llevando a algunos aficionados hasta las lágrimas.

A las 6:04 de la tarde, doblaba Conquistador, habían transcurrido 18 minutos desde el inicio de la faena y el juez, acertadamente, no le sonó el aviso. Se conceden las dos orejas, la gente las avala ovacionando con mucha fuerza.

Rodolfo da la vuelta al ruedo, otra con el ganadero, luego otra más, rapidilla y de pronto se lanza dar la cuarta vuelta a toda velocidad, enseñando que tiene facultades físicas.

En total dio ocho vueltas al ruedo; las cuatro mencionadas mas la del par de banderillas. Una, prácticamente, antes de que empezara la corrida y otra como premio después de cuajar una faena sensacional al primero de su lote, pero por pinchar no cortó las orejas. La última fue en hombros al final del festejo y, así, en hombros lo llevaron hasta el hotel en el que se vistió.

Quien no podía faltar era Doña Nieves, la más fiel seguidora de El Pana, la del famoso grito: “y arriba El Pana”; cansada, con muchos calendarios a cuestas, con su infaltable sombrero cordobés, estaba sentada en la última fila de sombra, cuando ella siempre fue de sol, pero su salud le impidió desplazarse hasta el lado asoleado de la plaza.

La tarde, resultó ser la tarde de El Pana, una tarde de despedida, aunque con El Pana, nunca se sabe. Puede ser que su carrera dé una vuelta de 180 grados. De ser un torero ignorado, aparentemente retirado, pasará a ser, por fin, un diestro reconocido y con muchos contratos.

Lo que son las cosas, el domingo antes de las cuatro de la tarde, Rodolfo era un torero relegado, hoy está de vuelta, es el torero del momento.

Cuántas vueltas, ¿no le parece?