Ahí, el difunto pide dispensas por sus pecados. Luego es enterrado y en ese momento inicia su tránsito de un año, por un camino oscuro hasta que llega al sewa ania, el “mundo flor”, un universo donde animales, fauna y hombre viven en armonía. Desde ese infinito regresará cada octubre y noviembre a visitar a los vivos. 

Sonora, México.- 21 de Octubre de 2017.- Cuando un yaqui o mayo muere su cuerpo es llevado ante la Cruz del Perdón: la insignia cristiana es sencilla pero de gran tamaño, elaborada en madera. Está clavada en la tierra, frente al panteón de todas las comunidades de yaquis y mayos, ubicado casi siempre delante de la iglesia, según enseñanzas de los jesuitas.

Ahí, el difunto pide dispensas por sus pecados. Luego es enterrado y en ese momento inicia su tránsito de un año, por un camino oscuro hasta que llega al sewa ania, el “mundo flor”, un universo donde animales, fauna y hombre viven en armonía. Desde ese infinito regresará cada octubre y noviembre a visitar a los vivos.

Esta creencia se mantiene en los ocho pueblos yaquis y decenas de comunidades de mayos que habitan en Sonora y Sinaloa. Son los únicos nativos del noroeste de México que celebran el Día de Muertos, porque son en quienes impactó de manera profunda el modelo religioso de las misiones, implementado por los jesuitas en el siglo XVI. Así lo explica el antropólogo José Luis Moctezuma Zamarrón, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Sonora, quien lleva 30 años estudiando a estos pueblos y hoy comparte sus conocimientos e imágenes captadas durante tres décadas de convivencia profesional pero también humana.

La celebración del Día de Muertos en México es una expresión del sincretismo entre las culturas indígenas originarias, de profunda devoción a la muerte, y la evangelización española que sintetizó esa ritualidad en el calendario cristiano, adaptándola al Día de los Fieles Difuntos. Esta realidad se puede observar en el noroeste de México, donde los únicos pueblos indígenas que la conmemoran son yoemem (yaquis) y yoremem (mayos), porque en los comcáac (seri), o´oba (pima), tohono o´odham (pápago), macurawe (guarijío), cucapá, kiliwa, paipai, kumiai y tarahumaras, el modelo misional no tuvo el mismo impacto y su organización social continuó sujeta a otras formas territoriales, como pequeñas rancherías y bandas, señala el especialista.

Como ocurre cada año, el pasado 24 de octubre entre los mayos, y desde principios de dicho mes entre los yaquis, dio inicio el ciclo ritual mortuorio, que el antropólogo considera resultado de la negociación entre yaquis y mayos con los jesuitas porque en este intercambio cultural, los religiosos tuvieron que hacer tratos con indígenas bien organizados y con una cosmovisión muy fuerte, para poder implementar los cambios evangélicos que consideraban sustantivos, en ese acuerdo, les permitieron conservar ciertos elementos de su ritualidad.

El antropólogo destaca el tapanco. La estructura sobre la que yaquis y mayos colocan sus altares de muertos, tan particular del noroeste: mide aproximadamente 1.60 metros de altura, se elabora con cuatro palos de mezquite clavados en la tierra, a manera de sostén, y sobre ellos se ata un tapesti, especie de tarima hecha de carrizos.

De acuerdo con el estudioso, investigaciones etnográficas indican que el tapanco es una evocación de la estructura donde yaquis y mayos prehispánicos cremaban a sus muertos. Es conocido que dicha práctica fue una tradición funeraria común entre los grupos del norte de México. Exploraciones arqueológicas en la región han localizado urnas de cerámica con restos de cremaciones en distintos sitios de ese periodo.

Sin embargo, los religiosos españoles, considerando que la cremación estaba fuera de las creencias católicas, insistieron para modificarla, pero en tal empresa requirieron mantener vivas ciertas características indígenas. La más importante es el tapanco, dice José Luis Moctezuma, preparado durante octubre en solares yaquis y mayos.

El tapanco nunca se coloca dentro de la casa, ni bajo el techo de la enramada ―el sitio donde estos pueblos llevan a cabo sus ceremonias―, sino en una parte despejada del patio, al aire libre. Las cuatro horquetas deben sembrarse en la tierra. La tarima, donde la etnografía indica que debió colocarse el difunto, se cubre con una tela bordada y encima se ponen los elementos cristianos: cruz, agua, sal, flores y la imagen de la Virgen del Carmen.

En estos tapancos también se colocan las fotografías de los difuntos. Aquellas personas fallecidas a quienes se debe mayor respeto: las gentes de edad, principalmente matriarcas y patriarcas de cada familia. Abuelos y padres, fundamentales para la organización social de estos grupos culturales.

Conforme se acerca el Día de Muertos se comienzan a poner los alimentos: fruta… dulces… bebidas… cigarros… para los últimos días de octubre los solares huelen a carbón ardiente: en el fogón ya humea el wakabaqui, un concentrado caldo de res con verduras que continuamente es meneado por las cocineras, con un largo cucharón de madera. Mientras, otras mujeres hacen girar velozmente sobre sus antebrazos una elástica masa blanca que en cada vuelta va tomando la forma de un gran disco; ya listas, las tortillas de harina se colocan sobre un comal de barro, convexo, y se cuecen al calor del mineral encendido. También se preparan tamales, carne con chile y otras comidas propias de la región.

El 1 de noviembre el tapanco amanece lleno de todo aquello que comía el difunto. En los pueblos yaquis, los rezanderos, acompañados de sus cantoras, pasan el día de solar en solar. Van bendiciendo y orando el rosario en cada tapanco, leyendo en una libreta ex profeso la letanía de nombres de todos los difuntos de la familia extensa. Su labor termina de madrugada, cuando los altares quedan con los elementos mínimos ya que los alimentos les son entregados al rezandero y sus cantoras.

Al día siguiente, la gente llena de flores el panteón y quienes no colocaron tapanco en su hogar, acuden a las tumbas con alimentos para comerlos con sus difuntos. Esa mañana, los maestros rezanderos y sus cantoras también acuden a orar a todos los muertos que no tuvieron tapanco.

En las comunidades de mayos, los tapancos se mantienen llenos el 1 de noviembre. Por la noche se les prenden veladoras en su parte baja y quedan totalmente iluminados. También por la noche se acude al panteón a llevar flores y veladoras a las tumbas. El día 2, los maestros rezanderos, acompañados de los fiesteros, salen en procesión de la iglesia con una tumba mortuoria que representa a todos los fallecidos y la llevan a la Cruz del Perdón, donde oran por los muertos.

La misma procesión se ha repetido desde el 24 de octubre, explica José Luis Moctezuma, cuando —de acuerdo con la tradición— comienzan a llegar las ánimas de los muertos al pueblo. Es un novenario que culmina el 2 de noviembre, cuando las ofrendas de los tapancos son llevadas a la Cruz del Perdón para los maestros rezanderos y sus fiesteros.

Dentro de la cosmovisión de yaquis y mayos, velas y flores son elementos que ayudan a los difuntos a transitar por ese espacio oscuro que conduce al sewa ania, su mundo florido donde la naturaleza convive en armonía, dentro de un universo mayor conocido como huya ania o “mundo del monte”: el lugar donde habitan seres benignos y malignos que dan sentido al mundo.

Las comunidades yaquis y mayos no tienen el trazo de calles que heredó la planeación arquitectónica colonial. Son solares esparcidos dentro de un terreno mayor. A la entrada está siempre la iglesia. Frente a la iglesia, las tumbas, la cruz mayor y más retirado el espacio para las enramadas de pascolas, cocinas de fiesteros o comunales y comunilas de las autoridades tradicionales yaquis que representan ese “mundo del monte” donde ocurre la historia del origen y razón de ser de estos pueblos. Pótam, Ráhum, Huírivis, Belem, Tórim, Bácum, Cócorit y Vícam Pueblo, así como decenas de comunidades mayos de Sonora y Sinaloa, celebran en estos días su ciclo ritual de la muerte para seguir vivos, como hace 400 años.

Fuente: (INAH)