A don Antonio Navarro, amigo taurino que aún no concluye de contarme la corrida inaugural de la Plaza México, hace casi setenta años...

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Coordinador editorial Azteca 21

Ciudad de México. 11 de febrero de 2013. Si algo queda fijo en la mente del aficionado taurino son los momentos únicos e irrepetibles de un pase, una faena o una estocada magistral. Además, el nombre del matador, de los alternantes, del toro, de la ganadería... Si algo pervive en el aficionado es la emoción producida en un instante de euforia colectiva, ese momento mágico en que el torero se impone al tiempo y ese instante fugaz pierde su cualidad de efímero y se convierte en un acto artístico, hecho estético, personal e intransferible, mas, no obstante, colectivo. Historia de una misma sensibilidad. Arte perdurable, inmarcesible. Poesía de los sentidos que vuelve a cobrar vida cuando se evoca esa tarde, ese pase, esas vueltas al ruedo. ¡Olé!

Siguiendo con mi propósito de incluir algunas curiosidades taurinas en “Mi bicentenario y mi centenario”, toca el turno a un libro al que, desde la portada y las primeras páginas, se le reconocen la casta y la inmortalidad: “Juan Belmonte, matador de toros” (Libros del Asteroide, Barcelona, España, segunda edición, 2009). Es decir, comienza uno (opiniones de un simple lector) a leerlo picado por la curiosidad y la factura impecable del libro como objeto editorial, luego sigue ganado por la evidencia (o creencia) de que la literatura es una de las mayores de las artes y termina convencido de que el toreo (al menos ése que practicaban José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito” y “El Pasmo de Triana”) es, seguro, una de aquéllas. Venga, ¡toro!

Estamos, indudablemente, ante una obra que debe ser considerada (en realidad, ya la han considerado así otros más calificados antes que yo, por ejemplo, “Una biografía que veo y leo como una novela”, Javier Marías, o “Excepcional periodista, pero detestado por fascistas y comunistas españoles y, en consecuencia, casi desconocido en España. Sólo su magnífica biografía de Belmonte ha tenido alguna notoriedad”, Félix de Azúa) como de las mejores en su género en nuestro idioma. ¿Biografía o novela? ¿Biografía novelada o novela biográfica? O, como dice el mismo ¿Belmonte o Chaves? casi al final, memorias. Ciertamente, la primera vez que se dio a conocer este fascinante relato fue en 1935, por entregas semanales en la revista “Estampa”, que posteriormente, a finales del mismo año, fueron recogidas e impresas en forma de libro, según señala Felipe Benítez Reyes en el “Prólogo” del libro que comento. Así, desconociendo si ha habido otras ediciones, se agradece esta nueva edición de un libro que, sin tapujos, es o debe ser un clásico de la literatura en español. “¿A dónde vas?... ¡A los toros!... ¿De dónde vienes?... De los toros.”.

Que es una obra maestra, no cabe duda alguna. Que si es obra de Chaves Nogales o de Belmonte, podrían caber muchas; al final, el crédito se lo lleva el primero, pues le dio forma a un material biográfico de gran interés humano y literario. Sólo al inicio parece escucharse la voz del sevillano Belmonte; después, el arte narrativo, más que periodístico, de Chaves nos proporciona algunas de las páginas más vivas y brillantes de la prosa española del siglo XX. Por eso, los primeros capítulos numerados (¿de acuerdo con las entregas a la revista?) del libro son una especie de novela picaresca donde las aventuras del Belmonte niño y adolescente en la calle Ancha de la Feria, en Triana y en las dehesas son de un verismo y estoicismo admirables. ¡Cómo olvidar esa escena en la que el infante rebelde llora junto a su padre por el hambre de pan o cuando torea desnudo en el campo a la luz de la luna o sólo ayudado por faroles! ¡Va por ustedes!

Justamente una de las razones que cimientan la fortaleza de la vida novelada de Juan Belmonte es la pobreza en que vivió durante sus primeros años. Sin que estuviera en boga, no se hace elogio de la pobreza ni del “hacerse a sí mismo” –otra virtud de Chaves Nogales–, simplemente se narran los hechos, tal como los vivió y recuerda el matador. Tal como los transmutó en materia literaria el escritor. Aquí me surge una sonrisa al recordar cómo el niño –huérfano de madre– que fue muy poco a la escuela –mejor escuela la calle y, después, el café– se hace amigo de dos hermanos ¡tipógrafos!, enfermos de literatura, que le contagian el gusto por ésta, tanto así que el torero siempre viajaba cargado con baúles ¡llenos de libros! Era un buen lector y también cantaba en verso cuando era adolescente. Quién sabe, pero si a especular comenzamos, tal vez, de no haber sido torero, Juan pudo haber sido escritor. “A buen banderillero hay toro en todas partes”.

Ya en los vericuetos del matador de toros principiante, Juan Belmonte vino a México en plena efervescencia revolucionaria y vierte buenos recuerdos sobre nuestro país. Incluso, hace un retrato del mexicano que anticipa al de Paz por más de una década. “La inseguridad en que se vivía, el dramático proceso de las ideas nuevas en la cabeza caliente de los mexicanos, la exaltación de las malas pasiones populares y, al mismo tiempo, el soberbio desprecio por la vida que sentían aquellas gentes, capaces de morir o matar por no importa qué causa; aquella turbina puesta por la civilización en el alma cruel y heroica del indio, daban al país en aquel tiempo un ritmo de vértigo, por el que uno se sentía fatalmente atraído. Aquella gente brava, leal, amiga de los amigos e implacable con los adversarios, cruel hasta el extremo de que las mayores monstruosidades tenían la calidad de travesuras infantiles, llegó a subyugarme, y creo que durante una época estuve tan loco como todos los mexicanos...”. Además, en su etapa inicial de ganadero en España, envió ganado bravo a estas tierras y hay que decirlo, evoca muy bien a Rodolfo Gaona –quien era figura en España y del que fue alternante–, como se trasluce en sus menciones sobre el matador azteca. Así nos vio Belmonte hace casi ochenta años, ¿cómo somos ahora, hemos cambiado? “Al loco y al toro, dejarlos solos”.

También visitó Cuba –donde no toreó, pues estaban prohibidas las corridas, y sí en otra cómica situación–, Perú –en el que conoció a la mujer que se volvería su esposa– y Venezuela, donde trató con el presidente, tildado de dictador, Juan Vicente Gómez, quien gustaba de los toros y le ofreció quedarse en el país. Aunque Belmonte se sentía feliz ahí, en un ambiente campero, no aceptó la oferta (que incluía unos terrenos en los que más tarde se descubrió petróleo). Hace un recuento de su carrera, de sus corridas y cornadas, de su rivalidad y amistad con Joselito, a quien lloró mucho después de enterarse de su muerte en Talavera de la Reina. Si algo hace asequible y rico este libro son las historias engarzadas sobre su historia, un poco a la manera de don Quijote. Además, evoca a sus amigos intelectuales, como los escritores Ramón del Valle Inclán –que también vino a México–, Julio Camba, Gregorio Marañón; el escultor Sebastián Miranda, el pintor Ignacio Zuloaga (¿por qué no hizo un álbum a partir de las andanzas de Belmonte por el mundo?). “Cada uno mate su toro”.

En la parte final del relato, conocemos las penas y desventuras del aún poderoso torero, quien padece a un público del que no sabe “por qué le grita o aplaude”, del hombre que se resigna a llevar una vida de labrador y agricultor, del que enuncia su fe de que el toreo es un arte, del que no entiende los matices de la justicia republicana, del que se pregunta por el porvenir de la fiesta. Así, “Juan Belmonte, matador de toros”, de Manuel Chaves Nogales, es un testimonio de un hombre que innovó el modo de torear y logró emocionar a un país entero con su arte y se ha convertido en un mito –¿pensaría en Hemingway cuando se suicidó el 8 de abril de 1962, y David Silveti en Belmonte en 2003?), siempre renovado, de ésos que, como el sol y la luz, nacen cada mañana, cuando el hombre se despierta a iniciar su día, a hacer su vida. “Cuando el toro es de raza...”.

Adenda: sólo por no dejar, el libro de Chaves Nogales es de una riqueza literaria y testimonial extraordinaria, que admite posibilidades diversas de estudio, como toda obra de arte auténtica. Así, debo señalar respecto de la nota anterior de esta serie, dedicada a “Sombra sin sol”, de Francisco Lerdo de Tejada, que he advertido que la pintura de portada está basada o inspirada en una fotografía de Juan Belmonte, obra, al parecer del fotógrafo valenciano Julio Derrey. Asimismo, se podría hacer un estudio de la influencia que pudo haber tenido el libro de Chaves Nogales (el de la primera edición) en el de Lerdo de Tejada. En suma, también es evidente lo mucho de España que hay aún en la vida del México actual. “Del toro bravo, resulta el mejor novillo”.

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Foto: Portada de un libro fascinante.

Cortesía: Libros del Asteroide.

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