A la memoria de mi tío Paulino Hernández Hernández, “El charrito” inefable, muerto en este diciembre gélido

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal México

¡Cuánta grandeza en la música de Silvestre Revueltas! ¡Y cuán grande su espíritu, su amor por el prójimo, por sus semejantes, los pobres mexicanos de principios del siglo XX! Sí, calidad de grande hay en la inmaterial sustancia de que se compone, en el alma que la impulsa, en los sentimientos que la animan, en la capacidad del

autor para abrevar del folclor nacional y transmutarlo en aires universales, en el generoso desprendimiento de su ser para fundirlo en el más auténtico ser nacional, mexicano, universal. Sí, mientras más escucho sus obras, más aumenta mi admiración y más siento el dolor que laceraba al compositor durangueño. Sí, el dolor de este genio mexicano casi desconocido ingratamente por el pueblo al que entregó sus mejores esfuerzos, como bien lo deja apuntado su hermano José en “Cartas íntimas y escritos de Silvestre Revueltas”, librito que suscitó estas notas sobre el inmortal Silvestre, de quien, en tres días, se cumplen ciento once años de su natalicio y a quien otro monstruo latinoamericano, el chileno Pablo Neruda, dedicó una de sus creaciones poéticas, más por homenajear a su par que por corresponder a coincidencias ideológicas: “Cuando un hombre como Silvestre Revueltas/ vuelve definitivamente a la tierra,/ hay un rumor, una ola/ de voz y llanto que prepara y propaga su partida...”.

Por cierto, ¡es aquel libro pequeño en formato, pero enorme en enseñanzas, en evocaciones reveladoras! Antes de empezar a comentar otro, quiero añadir algunas frases que se refieren al publicado por la SEP a mediados de los años sesenta y que no pude o no supe incluir en la primera entrega. En primer lugar, la afición que tenía Revueltas por caminar, por dar caminatas para, quizás, sosegar su espíritu o divagar acerca de la mezquindad humana o aprehender algún tema o melodía. Esto, me imagino, le acontecía lo mismo en Estados Unidos, donde estudió por unos años en Texas y Chicago, o en Francia y España, adonde llegó impulsado por el anhelo de luchar contra el fascismo y por la consecución de sus ideales de justicia social. Pero se evidencia en las varias menciones que hace de sus paseos por las sendas arboladas de Chapultepec, bosque al que no es difícil suponer amaba entrañablemente y al que acudía evocando a Beethoven, uno de sus compositores preferidos.

Otra característica del músico fue la de tener clara que su misión (¿u obligación?) era la de crear, sin perderse en los laberintos de la burocracia o dejarse seducir por los cantos de la fama efímera, pero sin dejar de señalar que los artistas no eran reconocidos como era debido (sobre todo en su caso, añado yo). Tal vez sirva de medida para dimensionar la figura de Revueltas: ¿hoy de qué sirve tanta beca y boato a y de músicos contemporáneos, dónde están las creaciones universales y no las meramente académicas, cumplidoras? Aclaro: buenos compositores tenemos, mas la mayoría no deja de ser sólo comparsa de los artistas verdaderos... Lo dicho: esta reflexión únicamente resalta la grandiosidad y universalidad de la obra revueltiana, quien, sin duda, cumplió cabalmente el sueño de la joven Romana Sánchez cuando a finales del siglo XIX, en algún paraje de San Andrés de la Sierra, deseaba que sus hijos fueran artistas. Sí, ninguno como Silvestre. O ningún arte como la música para trascender en el universo. Finalmente, respecto de ese multicitado librito, quiero agregar que su hermano José recuerda que Silvestre pedía, poco antes de morir el compositor de “Janitzio”, sólo diez años más de vida para componer lo que tenía dentro de sí. Es en vano especular, pero ¿qué tan grande hubiera sido Silvestre Revueltas si hubiese vivido ese lapso que solicitaba para dar cauce a su labor?

Esta segunda entrega dedicada al músico mexicano surge a partir de la lectura de otro librito, tan valioso y especial como el recién reseñado. Se trata de “Imagen de Silvestre Revueltas” (Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales, La Habana, 1966), de Juan Marinello. Hay varios puntos por destacar: es una bella edición; con excelente cartulina para la camisa roja, en la que sobresale la reproducción de -supongo- un fragmento de un grabado (¿de Ángel Bracho?) en el que Revueltas denota sufrimiento y -en mi apreciación- redención, como un cristo humano, demasiado humano, y decoroso papel para páginas interiores; es del mismo año que el libro mexicano, éste, creo, de marzo, pero el cubano carece de colofón; enriquecido con “apuntes gráficos” de Aurora Reyes y reproducciones de grabados de Bracho (sic; aunque no se pone completo el nombre del artista, infiero que se trata de Ángel Bracho, por la época y la técnica del artista; Julio, también ya en acción por ese tiempo, incursionó en teatro y cine), así como con una especie de apéndice denominado adecuadamente “Documentos gráficos” y, por último, escrito con una prosa poderosa, sugerente, casi magistral, no exenta de un hálito poético que no está reñido con una intención objetiva.

Así, en menos de cincuenta páginas y, considero, pasadas casi tres décadas, Marinello acomete la reconstrucción de los días que le tocó vivir junto a Revueltas en México, donde -como antes José Martí y después muchos otros cubanos y de otros países- vivió exiliado durante algún tiempo, y en España y Francia, durante su viaje en apoyo de la España republicana. No me parece ocioso hacerse la pregunta de si sólo fue casualidad la publicación de ambos libritos en el mismo año o fueron producto de una acción concertada. Dividido en dos partes: “El hombre” y “El creador” y sus respectivos apartados o subtítulos, además del anexo gráfico, este libro constituye otro testimonio valioso y de primera mano sobre Silvestre Revueltas, pues Marinello trató al músico y fue su amigo, por lo que su relato adquiere otro tono respecto del de José Revueltas, mas no deja de tener interesantes coincidencias o similitudes, particularmente en cuanto al carácter y forma de ser del creador de “Redes”.

Marinello dedica el escrito a María Josefa Vidaurreta, quien fue su esposa, pero no sé si en el año de la impresión no lo era; posteriormente, traza con líneas certeras el retrato del compositor genial que le tocó en suerte conocer y tratar, así como realiza un esbozo del México de los años treinta, que palpitaba por las viejas calles del Centro Histórico, llenas de vida estudiantil. “Hombre de generosidad plena, de total desprendimiento, vivió trenzado con su pueblo, sin que un solo momento le inquietase el propio beneficio” y “Está en él ese sabor mexicano ganado desde abajo, de estirpe vegetal, que transmite a todos los vientos una suma inquietante de dolores impacientes. También están en el músico el silencio de la montaña y el rumor espectante (sic) de la estación provinciana. También -mexicanismo- la sangre a punto y la rebeldía de las masas, la protesta proletaria, la lucha campesina, el pueblo en su herida y en su esperanza”, dice el escritor cubano y evoca a la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), “que presidía Silvestre por un derecho que nadie indagó ni discutió”, y en la que, precisa Marinello, se congregaban “Pepe Mancisidor, Luis Sandi, Julio de la Fuente, Xavier Guerrero, Chabela Villaseñor, Leopoldo Méndez, Nacho Aguirre, Olga y Lía (sic) Kostakowski, Reyes Pérez, Nicolás Guillén, Clara Porset, Chávez Morado, Alberto Ruz, Jorge Juan Crespo de la Serna, María Izquierdo, Lola Álvarez Bravo, Luis Córdoba, Jesús Mastache, Gabriel Fernández Ledesma, Aurora Reyes, Juan de la Cabada, Bracho, Luis Chávez Orozco, Geaffroy Rivas, Alfredo Zalce, las hermanas Proenza, Fernando y Susana Gamboa, Ermilo Abreu Gómez, Pablo O'Higgins... muchos más”. No resistí la tentación de transcribir esos esbozos y esta nómina, dada la importancia de las personalidades que recuerda y de las que omite -Octavio Paz y Juan Soriano, quizás las más conspicuas actualmente- escudado en esos “muchos más”.

También menciona al compositor Jacobo Kostakowski y a Aníbal Ponce y Narciso Bassols como grandes conferenciantes y rememora los días en que la LEAR tuvo una reunión en ¡Guadalajara!, en cuyo Teatro Degollado se tocaron obras de Revueltas, y en que realizaba paseos con éste por los alrededores de Guadalajara (por ejemplo, Tlaquepaque, aunque no dice el nombre) o visitaban el museo de arte popular o acudían a la casa de un par de admiradores melómanos del compositor. Estas recordaciones le dan pauta para reflexionar sobre Revueltas y delinear rasgos iluminadores de la personalidad de éste. Podría citar o transcribir otros fragmentos de la prosa fascinante de Marinello, pero lo haré más adelante, mejor insistiré en los diversos retratos que hace el autor de nuestro compositor y en las referencias a su proverbial sencillez.

En la parte final de ese capítulo, “El hombre”, Marinello señala la lucha contra Trotsky y menciona el trabajo de dos artistas que realmente llevaban a México en la entraña: Revueltas y Ramón López Velarde para hacer una comparación de su trabajo. “En Revueltas se produce la plenitud que no pudo darse en López Velarde. […] En López Velarde, México se descubre el pecho dormido y enseña, por primera vez, el dibujo exacto de las venas matrices. En Revueltas, muestra México su poder intacto y su señal en el destino americano”.

En el segundo capítulo, “El creador”, Juan Marinello recuerda los días que pasó con Silvestre Revueltas en Madrid y Valencia, donde, en esta última ciudad, dirigió su “El renacuajo paseador”; en París, donde acudieron a una alejada y poco concurrida sala cinematográfica para ver “Redes”, que allá la titularon “Les revoltés d'Alvarado”. También comparte con el lector una convicción: la de que Silvestre Revueltas pudo haber sido un gran escritor. Así, evoca una mañana en la que el compositor lo visitó en compañía de su pequeña hija (¿Eugenia?), cuando el cubano vivía por el Frontón México, y le confesó que a veces se sentía escritor y le entregó una hoja en la que había algunos pensamientos, especie de aforismos, que hablan, sí, de un espíritu inquieto y atormentado, mente aguda y reflexión constante, mas me queda la duda respecto de la certeza del cubano. Que era buen escritor, incluso más que mediano, sí, no hay reparo, mas difícilmente, creo, hubiera alcanzado la altura de su hermano José o del propio Marinello. Éste, dice él mismo, treinta años después conservaba esa hoja autografiada y reproduce varios aforismos: “El amor a la madre es el amor a la propia carne y a su propio dolor: es el instinto de conservación”. Quizás, como en su música, su mayor cualidad como escritor sea la autenticidad.

Además, Marinello habla del nacimiento de la obra que Revueltas le dedicó al poeta granadino Federico García Lorca, con motivo del asesinato del autor del “Romancero gitano”. Me obligo a no transcribir las interesantes líneas que escribió el autor cubano respecto de la admiración que sentía el artista mexicano por el español, así como sobre las similitudes y diferencias entre “lo gitano y lo charro”. Pero Marinello dice que el “Homenaje a Federico García Lorca” originalmente se iba a llamar “Llanto por García Lorca” y que Revueltas lo estrenó en Guadalajara en el teatro susodicho. Por último, analiza las razones de la grandeza de Silvestre: haber hallado la entraña de lo propio e infundir el nacionalismo a su música sin detrimento de su calidad universal. Y profetiza, acertadamente, que la música de Revueltas, “entrañablemente americana”, ocupará el merecido lugar que le corresponde, de lo que “nuestros hijos” serán testigos.

Para concluir, “Imagen de Silvestre Revueltas” incluye un anexo gráfico -amén de las reproducciones de bustos, grabados, portadas de obras, escritos insertadas entre las páginas-, que consta de fotografías, tal vez propiedad de Marinello, de Revueltas y de reuniones de la LEAR en Guadalajara y en la ciudad de México, de indudable valor histórico, en las que están, aparte de los personajes mencionados anteriormente, Jesús Guerrero Galván, Carlos Leduc, Ninfa Santos, Amelia Vázquez Gómez, Gonzalo Vázquez Vela, Juan Marinello, Marcelino Domingo, Félix Gordon Ordás, Waldo Frank, Martín Luis Guzmán, Joe Freeman, Agustín Aragón Leiva, Enrique González Aparicio, María Josefa Vidaurreta, Miguel A. Fernández de Velazco, Enrique Guttman, Luis Cardoza y Aragón, Roberto Reyes Pérez, entre otros.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21

Foto: La portada de un libro singular y de alto valor testimonial sobre el compositor mexicano más importante de la historia.
Cortesía: Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.