Para Ángel Martínez, “El Bece”, mi segundo padre

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Nuevamente, el azar y el interés pusieron en mis manos un libro que desde el primer momento en que lo vi cautivó mi atención: “Caminando entre ruinas. Memorias de un defeño” (Siglo Veintiuno Editores, México, 2009), de Gonzalo Gutiérrez Trujillo, incluido en la colección “La creación literaria”, coordinada por el doctor Alberto Vital, investigador de la Universidad Nacional y especialista en Juan Rulfo. Quizás era más exacto título “Memorias de un médico defeño”, pero le restaba interés ante los ojos del curioso lector en una mesa de novedades o anaquel de librería. Bueno, explico la seducción: en primer lugar, el título, que no deja de exhalar un tufillo a nostalgia amorosa, a pesar de su evidente tono decadentista, y el gentilicio; en segundo, las dos fotografías del Edificio Ermita, el “antes” y el “ahora”, que aparecen en la portada, un emblema para los que vivimos en y amamos el Poniente de esta ciudad “ojerosa y pintada”, y en tercer lugar salir a la luz bajo el sello de una casa editorial prestigiada –un prestigio añoso, es cierto–. El autor, debo admitirlo, no fue factor en mi decisión de comprarlo, pues era un completo desconocido para mí, pero ganó mis simpatías tras leer la canónica y sucinta semblanza incluida en la primera solapa, ya que de inmediato colegí que era de “piel puma”, a mucha honra, universitario de la UNAM. En otras palabras, el libro en cuestión tenía a mis ojos el atractivo suficiente para incorporarlo a mi cada vez más selecta biblioteca –selección más obligada por la falta de espacio que por prejuicios o filias de lector–.

No pasó mucho tiempo para que comenzara a ojearlo, después a hojearlo y finalmente a leerlo. El autor es médico, especializado en Infectología y Salud Pública; una eminencia y un ejemplo por seguir –aunque dudo que le guste esto último, no obstante su “soberbia” memoriosa–. Hay mucho por decir respecto del contenido del libro. La verdad, cada capítulo ameritaría una glosa o reseña. Dado que esto rebasa la intencionalidad de esta serie, debo acotar el lindero por el que habré de transitar. Gutiérrez Trujillo, como buen científico, desde el inicio anticipa que sus memorias están divididas en etapas orteguianas: infancia, juventud, madurez incipiente, madurez y agerasia, con una escala en los orígenes de su familia. En todas ellas hay tela de donde cortar para estos comentarios, pero “primero es lo primero”.

Para mí, la etapa más interesante fue la de “Infancia” (1931-1946), en la que recupera sus recuerdos de Tacubaya y el barrio de San Miguel Chapultepec. Pero no sólo es un periplo al pasado de la ciudad, de su barrio, sino también un repaso a la educación sentimental de aquellos años en los que las tiras cómicas dominicales de los diarios eran esperados por los niños y las matinés de los cines (en el Cine Hipódromo) eran un agasajo a la imaginación e inquietudes de los párvulos y adolescentes. Digan lo que digan, esos años fueron mucho mejores que los que hoy vivimos. ¿Cómo los perdimos, qué los hace especiales? Para un lector avezado, en sus páginas hay posibles respuestas. Las alusiones a sus raíces alteñas (de Jalisco) me resultan simpáticas y afines, y en lo particular me dejan con la espinita de saber más acerca de cómo festejaba su familia con sones y jarabes.

En “Juventud” (1947-1962), conocemos cómo se forjó un hombre comprometido con su entorno, con sus semejantes y sus maestros, con sus compañeros y amigos. Una época en la que aún existían el idealismo, la convicción de que México era grandioso y de que el esfuerzo de sus hombres (como género humano) contribuiría al cumplimiento de un destino. Aparecen en su dimensión justa los nombres de prohombres de la medicina mexicana (Pedro Daniel Martínez, Bernardo Sepúlveda, Federico Gómez, Jesús Kumate, por ejemplo) y el valor de su obra educativa y profesional.

“Madurez incipiente” (1963-1979) es el retrato de cómo las aguas toman su curso natural y cómo se consolida el destino de un hombre: matrimonio, hijos, trabajo; frutos... Oh, sí, el doctor Gutiérrez Trujillo se equivoca –perdón, autor– al decir que su vida no es extraordinaria. Incluso desde el momento en que lo tiró un caballo y resolvió escribir sus recuerdos adquiere su decisión el carácter de extraordinaria.

En “Madurez” (1980-1994) conocemos al hombre que ha capoteado tempestades y afirmado convicciones y se mira a sí mismo con la aureola de integridad y compromiso profesional y humano. Ha desfilado por la investigación, la docencia, la gestión y dirección de recursos humanos y materiales. Ante sus ojos se ha derrumbado parte de la ciudad de México (en 1985) y este pasaje justifica, a mi entender, el título del libro y su asunción como defeño (extraño: omite el término chilango).

“Agerasia” (1995-20057) es el recuento y el cenit de su labor como funcionario público. Es el hombre asentado que mira desde la atalaya de la sabiduría. En muchas páginas de esta especie de diario pospuesto, el doctor Gutiérrez Trujillo nos ofrece testimonios de primera mano sobre instituciones torales en el área de la salud en nuestro país: la Cruz Roja, la UNAM, el IMSS, la SSA... Y mucho más, que sería prolijo mencionar aquí.

Por último, incluye fotografías familiares y de Tacubaya (tomadas de otro texto que posteriormente incluiré en esta serie: “Tacubaya en la memoria”, de Araceli García y María Bustamante). Me place ser uno de los “pocos y probables lectores” a los que dedicó un proemio el autor de este libro, llamado a ser referente en la historia de la medicina en México y de la historia de Tacubaya, pero también de los usos y costumbres de los capitalinos (defeños) clasemedieros en la primera mitad del siglo XX. Asimismo, en más de un sentido, es un panegírico de la lealtad y la amistad. Un libro que superará con creces las humildes intenciones de su creador.

En suma, es el testimonio de un hombre que ama a su país, que se esforzó por transformarlo y que contribuyó a la historia de las instituciones de salud y de educación de la medicina en México. Un libro, un hombre, un médico, un investigador, un padre de familia –quizás, él mismo se concede un margen de contingencia–, un mexicano a la altura de un Bicentenario, más huero que esencial. Sí, que se sepa, al menos.

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Foto: Portada de un libro que es una aportación excepcional a la historia contemporánea de México en este albor de siglo.
Cortesía: Siglo Veintiuno Editores.