A José Ismael Hernández Moctezuma, en su cumpleaños, con mi perdón y cariño

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Los que disfrutamos del hábito de la lectura y tenemos la pasión por los libros, los de nuestro interés y los que nos subyugan por sus características materiales, encontramos en las librerías de viejo el manantial donde podemos saciar, de vez en cuando o periódicamente, nuestra sed de

saber, aunada a la de poseer. Oh, sí, placer inicuo e indescriptible el de encontrar y hojear un libro viejo de nuestro gusto, más grande aún si está al alcance de nuestro cada vez más raído bolsillo y lo podemos llevar como un trofeo a nuestro hogar, que, por cierto, inevitablemente adquiere un aire de biblioteca.

Así, me resulta grato hablar en esta ocasión de la librería “Las Américas”, ubicada formalmente desde hace casi treinta años en José Morán número 2-B, en la colonia San Miguel Chapultepec, pero coloquialmente en Tacubaya, pues está justo a un costado del antiguo Gigante Tacubaya, hoy Soriana, a unos pasos de Avenida Revolución. Bien, pues mi amigo, como buen librero de viejo, Laurentino Tapia, me ha informado, en mi más reciente visita a su local, que ha puesto en marcha la gran venta de “Todos los libros a mitad de precio”, la cual estará vigente del 17 al 26 de junio. Por lo tanto, comparto con los lectores el aviso y que tiene un catálogo virtual (www.vialibros.net), en el cual pueden consultar si tiene un libro determinado o simplemente cuáles hay de algún autor o tema.

En la entrega anterior de esta serie comenté “Escenas mexicanas del siglo XIX”, pues bien, ahora toca el turno a otro libro hallado en los estantes de “Las Américas”, que me parece asaz interesante, sobre todo porque contiene fotografías que nos hablan de un México ya difuminado, evanescente, casi diluido por las implacables vueltas del tiempo, la incuria y la autonegación. Se trata de “El paisaje del espectáculo en México”, una realización de José Ignacio Echeagaray para el Banco Nacional de México, S.A. (Banamex, se acota en el lomo), de gran formato (31 x 39 cm), folio mayor, con los créditos siguientes: formato, Luis Núñez López; textos, Rubén Marín; impresión, Litógrafos Unidos, S.A.; fotógrafos, Carlos Aguilera, Manuel Alvarado Veloz, Pedro Bayona, Lázaro Blanco, Andrés González Ortega, José Luis Neyra y Luis Núñez López.

Además, en el colofón se hace constar (dato que hoy escasea en las contemporáneas) que la edición fue de 3,300 ejemplares y que la separación de color estuvo a cargo de Ignacio Ramírez M.; el retoque de color, Alfonso Méndez B. y Luis Mejía R.; Duo-Tono, Luis Barrera; formación, José Luis Saro; transporte, Marco Antonio Gallardo; impresión, Manuel Juárez; tipografía, Jorge Rojas y Miguel Méndez Ch., y la encuadernación, Suari, S.A. Por último, que se terminó de imprimir el 22 de noviembre de 1974. Ah, las artes gráficas en México...

¡Han pasado tan sólo 36 años y parece un libro prehistórico! Y uso este último adjetivo porque ya cualquier persona, acontecimiento, suceso, hecho, cosa o sucedido que no haya pasado por la Red pareciera de hace siglos o simplemente inexistente. Los que tenemos la edad y los elementos –el código– para identificar las imágenes e identificarnos con éstas sentimos que un alud nostálgico se precipita por el despeñadero de la memoria. También cabe añadir que el título es un tanto engañoso o ambiguo, pues no encontraremos en el libro casi ningún rostro conocido del deporte o el espectáculo para el gran público. Sí, en cambio, muchos rostros desconocidos, de seres anónimos que son la comparsa imprescindible sin la cual no existiría el espectáculo. El rostro del México de la primera mitad de la década de los años setenta o quizás también de finales de los sesenta enseñorea las 96 fotografías –algunas no tan buenas, no rebasan la anécdota o suceso evidente– que contiene el libro. De fondo, como mero pretexto, aparece el espectáculo, y mucho de éste es de carácter popular, como, por ejemplo, el del hombre con un picahielo clavado en la nariz ante el asombro y la admiración de su variopinto público o el hombre que hace maniobras de equilibrista en una bicicleta a media calle.

“El paisaje del espectáculo en México” inicia con un texto introductorio que nos baña de nostalgia y nos habla del mexicano, de algunas de sus maneras de divertirse y de nuestra inclinación a la fiesta. Un texto que se baña de pueblo para, en parte, ensalzarlo; que nos prepara a las imágenes diversas que nos esperan en las amplias páginas siguientes, fotografías en blanco y negro la mayoría, y varias en color, muchas artísticas, todas de un valor intrínseco anclado en el testimonio, como aquella que nos muestra las gradas atestadas de una plaza de toros donde el rostro de México, del mexicano, se manifiesta a través de decenas de rostros expresivos, centelleantes.

Sin que podamos hablar de capítulos o apartados, es fácil advertir que el libro tiene una intención temática en cuanto a la distribución de las fotos en el papel, precedidas por un texto breve que sólo glosa el tema que las reúne. Así, iniciamos con imágenes deportivas, del velódromo y ciclistas; luego la imagen del futbol profesional y llanero; del automovilismo deportivo y del frontón; del futbol americano estudiantil y del béisbol; del box y tae kwon do; de los toros, de la fiesta brava tan vilipendiada en los años recientes; de los charros y los bailes tradicionales –el jarabe tapatío–, el jaripeo y las carreras de caballos en el hipódromo.

A continuación vienen las fotografías del espectáculo popular, como el circo, con imágenes radiantes, como las de los perritos boxeadores, la del tragafuego, el payaso ataviado al estilo Antonio Espino “Clavillazo”, la de la carpa con “La mujer tortuga”, producto de una maldición materna, la ardilla amaestrada, el oso negro bailador, las fiestas patrias en el Zócalo, los cohetes, el desfile militar, las bailarinas casi etéreas, las peleas de gallos, los voladores de Papantla, las danzas y fiestas indígenas, el músico en el tren, el Día de Muertos, el vía crucis, el torito...

Sin duda alguna, estamos ante un libro cuyo propósito –título– fue rebasado ampliamente por su contenido y por el tiempo. Poco hay del espectáculo, a pesar de que siempre está como contexto, que cedió el paso al rostro humano, a las distintas manifestaciones del ser mexicano, a su grandiosidad cotidiana, que se ha transformado notoria e irreversiblemente en las últimas décadas. No está de más señalar que, en muchos casos, se cumple el lugar común de que una imagen dice más que mil palabras, pues así podemos hacer lecturas sociológicas o antropológicas, como el hecho de apreciar la moda o la forma de vestir de la gente, que la minifalda o el minivestido aún imperaba, que el sombrero de todos tipos se usaba en público, que se asistía al estadio, al palenque, a la plaza pública, al circo...

“El paisaje del espectáculo en México” trasciende su interés inicial y se proyecta hacia el futuro por el talento del artista visual, de la calidad estética de muchas de las fotografías incluidas, por su decidida tendencia a rescatar escenas del pueblo mexicano. “Hay en todo el libro un olor a pueblo, a páginas de pueblo, el olor fuerte a manta y a humo de los jacales, y el olor acre de la ciudad aglomerada...”, dice Rubén Marín en una parte de su introducción. Cierto, lo intuyó bien. Gracias a ese olor a pueblo este libro tiene mucha vida contenida, mucha esencia, mucho futuro, a pesar de su rancia pertenencia a un pasado ya lejano, desaparecido, ¿olvidado?

Sólo me resta añadir que al final del libro se incluye un catálogo con el título y el autor de cada una de las fotografías. Hizo falta un pie de foto explícito, para saber por lo menos la fecha y el lugar de la toma; nos lo quedaron a deber. No obstante, varias de las fotos que más me llamaron la atención son autoría de Lázaro Blanco, un fotógrafo a quien conocí de vista hace varios años, cuando tomé cursos de Arte Mexicano en la Casa del Lago, en Chapultepec. Lástima, no daban constancia de tales cursos, que impartía René Sánchez Durán. Pero Lázaro, si aún da curso de fotografía ahí, podría ser un buen informador o brindar luces sobre la factura de este gran y bello libro. No es mala idea ir a buscarlo...

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Foto: Portada de un libro de colección, prácticamente ya inconseguible.
Azteca 21.