A mi papá, porque me habló de Pozos y de Xichú y de nuestro destino y de muchas cosas más

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Coordinador editorial Azteca 21

Ciudad de México. 15 de marzo de 2013. El sábado pasado se cumplió una fecha que quedará grabada en los anales de la música tradicional mexicana, en la memoria de los seguidores –los sostenedores– de esta música, en los admiradores de este trovador, de este coloso de la música tradicional mexicana. El lugar: el Teatro de la Ciudad “Esperanza Iris”, que lució lleno, o así lo vi yo desde mi asiento, incluso desde antes de comenzar el concierto había mucha gente afuera del teatro esperando conseguir un boleto, que los revendedores ofrecían con fingida discreción.

Un acontecimiento que, evidentemente, no se repetirá, que contó con varios factores para que pudiera realizarse, que tuvo momentos inolvidables, inesperados, emotivos, fulgurantes. Un desfile de poesía luminosa, de música entrañable, tatuada en la sensibilidad de todos los presentes, que bulle naturalmente en su sangre; la celebración de una trayectoria única, irrepetible. Un hombre sencillo esa noche se proyectó a los terrenos de la inmortalidad, aquella que brindan el pueblo y la academia, el cariño de la gente y el reconocimiento de sus pares. Esa noche se escribió un capítulo grande de esa historia pendiente de figurar en las bibliotecas públicas del país.

Unos minutos después de las 19 horas surgieron las siluetas de don Guillermo y de sus músicos sobre el escenario; también los aplausos, silbidos y el júbilo de los asistentes en el espacio del majestuoso teatro. Posteriormente resonaron vivas a la Sierra Gorda de Guanajuato y a México. En seguida, “El xichulense”. Luego un video lúdico sobre Los Leones. Con el auspicio del epígrafe nerudiano e intercalando décimas alusivas, se fueron sucediendo los festejos por los “35 años de travesía, de trashumancia” de Los Leones de la Sierra, de su trovador. Así, Joel Monroy, el legendario violinista queretano de alma potosina, sube al escenario a mostrar su arte en el instrumento con Los Leones; más adelante lo hará magistralmente con Los Camperos de Valles, “la santísima trinidad del son huasteco”, diría don Guillermo. Desde esos momentos, Vincent, el hijo del poeta y guitarrero de “corazón serrano y rocanrolero hasta que estire la pata”, empezó a brillar como un sol en el zapateo junto a su bailadora, doña Chabe Flores, su madre. También Velázquez evoca por vez primera en la noche señalada a don Benito Lara, el inolvidable bailador de los Leones, fallecido el año pasado.

Las décimas se van desgranando como las estrellas en el firmamento, una más luminosa que otra, pero cada una con brillo propio, único. Don Guillermo se asume como un reflejo de esa gran tradición del son arribeño y hace un reconocimiento a todos los músicos y poetas que la mantienen viva en sus comunidades. También suenan sus canciones, como las dedicadas a la emigración de los chavos serranos al D.F. o la dedicada a la mujer que “en 35 años ha apuntalado mi vida”. Asimismo, pide subir a un amigo de muchos años de Los Leones, “un león entrañable”, Inés Suárez; un gran músico. Y siguen las canciones, como la dedicada a las mujeres, a un día de su Día internacional. Y vuelve a evocar a don Benito, el entrañable bailador, figura tutelar esa noche, cuya alma, efectivamente, los pies de Vincent parecen contener.

Sube al escenario Licha Flores, que canta con su hermana Chabe dos canciones rancheras de don Guillermo. Éste luego recita décimas sobre “el nuevo PRI”. Joel vuelve a subir para acompañar al poeta en “El querreque bracero”. Luego llenan el escenario esas “leyendas del son huasteco”, Los Camperos de Valles, Marcos, Goyo y Joel, sin olvidar mencionar a don Heliodoro Copado, otra figura legendaria. Se oyen más décimas y mención a las nuevas generaciones que mantendrán viva la tradición y nombra a Alexcito Montaño, a quien he escuchado interpretar otro tipo de sones, pero, por vez primera, lo veo y escucho tocar son arribeño. Muy bien. Para ilustrar esos tiempos nuevos y el diálogo de las tradiciones, Vincent sigue con rap. Luego, la presencia resplandeciente de Hebe Rosell. Momento emotivo que preludia otro más aún: una carta a sus hijos recita el huapanguero afamado y querido, en la que habla de sus logros y metas no cumplidas, acompañado por un fondo musical de grandes nombres: Serrat, John Lennon, Atahualpa... El público aplaude de pie por un instante que dura una eternidad, tal era la emoción suscitada. Una novedad o, por lo menos, sorpresa, a pesar de lo anunciado al inicio por el guitarrero. “No habrá novedades, sí saudades...”. El hombre “anciano” se cuestiona ante su obra, ante el tiempo, ante sus semejantes... Un documento inédito en nuestra música, un acto de congruencia artística y compromiso político personal de enormes dimensiones.

Sube Guillermo Briseño al escenario. Un blues muy ligado a la palabra, a la vida, como el huapango. Lee décima sobre su hijo, el amor y la tradición. Luego, con la señora Chabe y Vincent de comparsas, el trovador repasa la Lotería Mexicana, que es una visión personal sobre el acontecer nacional, en este caso, sobre la pasada elección presidencial. A continuación, llama a Los Camperos a que lo acompañen para hablar de una “amiga”: la vida, con “El llorar” de fondo; la vida con su otra cara: la muerte. Agradece a Los Camperos. Después menciona a sus músicos, Tacho López, Mario González, Arturo Lara (creí escuchar; ¿y Javier Rodríguez?), Alejandro Montaño. El trovador anuncia su siguiente canción, “Tetracanto”, que significa mucho para él y que compuso cuando vivía, sin saberlo, en un edificio sobre el Templo Mayor de México, acerca de la grandeza de nuestra nación, que, “pase lo que pase, estoy seguro, cumplirá su destino”, la cual Gilberto Chávez inicia con el sonido chamanero del caracol marino. Don Guillermo agradece a todos los que intervinieron, a Sofía Caccia, quien organizó el concierto, a doña Rosario Ibarra de Piedra por asistir... Un final empañado por un reconocimiento improvisado por parte de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, el cual minimizó la espontaneidad de Guillermo Briseño, quien lo entregó a su tocayo. Se retira don Guillermo del escenario, que ocupan Los Camperos y la gente, que entusiasmada sube a bailar “El caballito”. Al concluir éste, don Guillermo y Los Leones se escuchan de nuevo sólo para decir que vivan las tradiciones y agradecer al público serrano y no serrano por el amor que le tienen a su trovador y a Los Leones... El grito de “otra, otra...” se fue apagando en el imponente teatro. Habían pasado poco más de tres horas de una celebración especial de la palabra y de la trayectoria de un trovador y un grupo que han dejado una huella imborrable en la historia de la cultura popular de México. Como me comentó Vincent minutos después de concluido el concierto: perseguir, sacarle el brillo a la vida es una gran lección que su papá le ha dejado. “Con la palabra encendida y el corazón por delante”. Gracias, poeta, por compartirlo con su gente, con su pueblo. Gracias.

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Los Leones de la Sierra de Xichú en el Teatro de la Ciudad durante la celebración por sus 35 años de vida.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.