Por Gregorio Martínez Moctezuma
Coordinador editorial Azteca 21

A mis primos Araceli y Óscar, y a sus hijos, en Tepotzotlán, con afecto y agradecimiento

Ciudad de México.- 15 de Marzo de 2012.- Pasan los días ineluctablemente y nos llevan entre sus alas, irremediablemente. El tiempo, esa agua entre los dedos, nos envuelve de sentido, de vida; también de nostalgia cuando ha transcurrido. Inexorablemente, llegó el 27 de febrero y mi mente se pobló de imágenes y sonidos entrañables; también de alegría y tristeza, de música, alternadamente. El tiempo me ha marcado indefectiblemente, así, me he vuelto un recipiendario de la añoranza, de los tiempos idos, del que considero mi México entrañable. Pocas personas encarnan, para mí, esta sensación, esta idea, como don Leandro Corona Bedolla, el emblemático músico michoacano de los conjuntos de arpa grande.

 

Desde hace cinco años, los 27 de febrero están ligados en mi memoria emotiva a don Leandro, el violinista centenario que me abrió su corazón y su amistad de manera encomiable, como lo hizo con mucha gente. No fui su amigo, aclaro, ni siquiera me conoció bien. Apenas me conoció, porque me conocía. Nada más. Sin embargo, su generosidad y grandeza de espíritu, su amor por la vida, por el trabajo, por la música, por su tierra, por su país, por su familia fueron cualidades que se desprendían al tratarlo en esos días 27 que lo traté, cuando celebraba su cumpleaños. Cualidades que admiro profundamente.

Quizás para él, al final de su jornada vital, ese día era el más feliz del año. Por lo menos, el más esperado, ansiado. ¿Qué de recuerdos y expectativas se le vendrían a don Leandro el día de su cumpleaños? No era, creo, cumplir cien años o uno más. Probablemente pesaba más en el ánimo del músico el revivir sus épocas doradas ejerciendo su oficio, cuando pasaba días y días tocando sin descansar, apenas lo suficiente para dormir unas horas, comer y hacer sus necesidades; esperar a sus familiares, a sus amigos que no dejaban de acudir a visitarlo y felicitarlo. Esto era motivo de gran felicidad para el viejo violinista.

Para llegar a Zicuirán el 27, el 26 salía tarde de trabajar y apenas alcanzaba el autobús a La Huacana que salía poco antes de medianoche; cuando llegaba, sin dormir,  todavía estaba oscuro, y al amanecer, a la casa de don Leandro. Me tocó verlo levantarse y orarle de agradecimiento a su “madrecita”, la Virgen de Guadalupe. Esmerarse en su arreglo y esperar pacientemente a que fueran llegando sus parientes y amigos. Desayunar con frugalidad, pero, más tarde, beber con gusto traguitos de mezcal. O como el cumpleaños 101, creo, en que llegó muy temprano don Pedro Landa Castillo, arpero, que esa mañana tocó el violín después de veintitantos de no hacerlo. Uno de los instantes más maravillosos que me ha regalado mi Dios fue ver y escuchar a los dos músicos ancianos hablando de sones ya olvidados e incluso tocar uno o dos. Algo por lo que vale la pena haber vivido, ser un sobreviviente, de veras. Sólo quienes se obsesionan por algo pueden entender esos instantes mágicos que nos depara la vida. Como los alpinistas o los jóvenes músicos que lo iban a visitar desde Morelia, la Ciudad de México o Puebla, para aprenderle, y ahora andan tocando la música que tocaba el violinista nacido en Urapa, en 1907.

El cumpleaños de don Leandro, me imagino, supongo, se volvía una fiesta como pocas veces he tenido la oportunidad de disfrutar. Un viaje a las profundidades de lo arcaico, a los vestigios de lo primigenio. Un fandango auténtico o lo más aproximado a lo que eran esas fiestas comunitarias en las que el alma de las gentes se volvía una sola, en las que la música y el zapateado se fundían en unos sones inolvidables, difíciles de experimentar a través de los discos y las películas. ¡Qué dicha haber vivido esos días en Zicuirán! Oh, sí, el zapateado, el cacheteo del arpa, instrumentos prodigiosos que me remitían a tiempos ancestrales, a una dimensión extra del tiempo y del espacio. Parafraseando al bardo nayarita, quien lo vivió, no lo podrá jamás olvidar.

Se me apilan las imágenes, los momentos, los recuerdos. La reverencia con que familiares y conocidos desfilaban ante el patriarca musical de la región, especialmente su hija Conrada. El contraste entre don Leandro y su bisnieta Melina, que también era festejada en esa fecha, dos mundos aparte, literalmente, aunque contiguos. El cariño que tenía por don José Jiménez, su segundero, “mi compañero inseparable, el único que me queda”, decía, “pero no sabe cantar”, se lamentaba. Porque don Leandro sabía hacerlo, y muy bien: “Me gustó cantar los sones, cantar canciones con mis amigos”. Cuando aún no le llegaba su turno de tocar con Juanito Pérez Morfín, a veces pedía: “Échale un grito a ese son”.

O la majestuosidad que acompañaba al conjunto de arpa grande Alma de Apatzingán cuando llegaba a poner la fiesta en su punto culmen. A don Leandro solicitarle al líder del conjunto, don Juan Pérez Morfín, “El brinco”, o a este gran músico decirle: “Don Leandro, usted es toro bermejo de toda la región de Tierra Caliente”. Escuchar al festejado, profético, referirse a don Juan: “Se acaba él, se acaba el arpa”. También cuando don Leandro se sumía en el pozo del tiempo transcurrido y evocaba con alguno de sus familiares a todos los conocidos que ya no estaban, que se habían adelantado en el viaje sin retorno. Don Leandro, un cúmulo de experiencias, de conocimientos de la región, de la historia oral.

Pero por momentos se ponía un poco melancólico, y así recordaba a su mujer y a una hija, “eran las principales, ellas empezaron con esto, mi hija y la mujer, mataban un puerquito, compraban una cabeza para el pozole”. A sus parientes ya idos: sus tíos Gabriel, Mónico, Merced, Agapito, Macedonio, sus tías Valentina, Margarita, al cura Hermenegildo, a su padre Evaristo, a su mamá... A Emiliano Zapata, a Lázaro Cárdenas, a los tiempos de la Revolución, de la gripa, del hambre... De ahí era fácil que brincara a los largos días de fiesta de antaño, “me sonaba la nariz, pura tierra; escupía: pura tierra”, las bodas, cuando los novios llegaban a caballo, “no como ahora, en camioneta, vale madre”, se tocaba “El canario”, “El canarillo”, “El maracumbé”, “El buscapié”, ¿“La chicharrita”?. Mencionaba nombres de músicos ya olvidados: Juan Murillo, Albino Becerra, Secundino Montes, José María Chávez, Tranquilino García, Francisco Escalante, Amado Ramírez, María Rebollar –bailadora–, Mauro Ramírez, Natividad Rosas; su padre, Evaristo, que tocaba jarabes...

Escucharlo decir sin falsa modestia que su estilo era muy gustado, que los buscaban mucho. Disculparse porque usaba andadera y tenía que estar cerca del baño para que no le ganaran las aguas y no andar todo miado, y recitar, para solaz de todos los presentes que alcanzaban a oír su voz cascada: “Ya su gorrión ya no canta/ ya pasó su primavera,/ ya tiene el piquito gacho/ y falta que hasta se le muera”. Don Leandro de una entereza y una lucidez extraordinarias.

Así, agradezco a Dios, a la vida, a don Leandro, a su familia, a sus amigos, colegas y admiradores haber tenido la oportunidad, en vez de ir a desayunar o a Apatzingán, de quedarme platicando con don Leandro bajo una enramada en el patio de la casa familiar, quizás un par de horas muertas en que nadie podía verlo, cuidarlo o estar con él, y ahí estaba yo, dispuesto a conversar con la posteridad, porque don Leandro permanecerá en la memoria de todos sus seres queridos y de todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo. Sí, como le decían sus numerosos familiares al músico –que era una verdadera leyenda viviente en esa región– acerca de sus cien años: “Es un milagro de Dios que estés con nosotros”. “Sí, por eso denle gracias”, respondía. Por todo esto, siempre, gracias te doy, Señor.

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Foto: Don Leandro en su casa cuando cumplió cien años.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.