El disco nos da un mínimo
mosaico de la música que se
escuchaba y componía en la
Huasteca Hidalguense en las
décadas iniciales del siglo XX
Foto: Cortesía CONECULTA/Hidalg

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Cuando uno camina por las veredas de la Huasteca siendo oriundo de otra región de México, no es difícil sentir que uno está entrando a otro mundo, transitando por un mundo vegetal y maravilloso, a un mundo en el que aún perviven costumbres y tradiciones ancestrales llenas de misterio y encanto. Insisto, cuando uno no es nativo de allí y, sobre todo, cuando uno camina en poblaciones pequeñas, no en las grandes ciudades huastecas, que las hay, por supuesto.

Lo anterior viene al caso porque deseo concluir este capítulo de las “Memorias de un huapanguero” con un disco muy relacionado con Efrén: “Valseando por la Huasteca” (Gobierno del Estado de Hidalgo-Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo/Programa de Desarrollo Cultural de la Huasteca, sin fecha y la leyenda “Hecho en Provincia”). Casi podría asegurar que se realizó en 2007 en Huejutla de Reyes, Hidalgo. Digo que quiero concluir con este disco porque Efrén tuvo mucho que ver en su realización, pero principalmente porque es maravilloso.

Trataré de describir mi deslumbramiento, algo tan difícil como caminar por esas sendas susodichas en las que la verdura, el aroma del campo, del café, del queso, del aire, pues, es un estimulante; el murmullo del agua, el calor húmedo, la humedad, la luz, la tierra entran en nuestra mirada y se agolpan al unísono en nuestros sentidos y nos producen un estado de bienestar y de ánimo casi indescriptible. ¿Podrás creer, lector, que casi siento lo mismo al escuchar este disco lleno de prodigios, como la propia Huasteca?

Sí, a pesar de ser un disco con ritmos e influencias claramente europeas o, mejor aún, netamente mestizas, su esencia es huasteca, en unas piezas más que en otras. Son dieciocho los temas que integran “Valseando por la Huasteca”. En principio, el valor fundamental, a mi parecer, radica en que son obras muy poco conocidas, lo mismo que algunos de sus autores y, al mismo tiempo, en la destreza lograda por los Olivares, quienes no sólo ejecutan limpiamente sus instrumentos, sino que alcanzan –o eso creo– una comunión que se manifiesta en su interpretación, es decir, les confieren su sello personal. Hacen suyas estas piezas –aparte de valses hay dos polcas y un tango– y mantienen esos aires finiseculares, totalmente románticos.

Cabe mencionar que, a mi parecer, algunas obras tienen reminiscencias de otros famosos valses y compositores de la época; no obstante las polcas y el tango incluidos tienen sus méritos propios. Ya los investigadores dirán sus cualidades musicales; pero, si fuera posible que las escucharan, estoy seguro de que los compositores se sentirían satisfechos con estas interpretaciones. Pareciera que el tiempo no ha pasado y estamos en aquellos incipientes años formativos culturalmente de nuestra identidad y nuestra cultura.

Así, el primer bloque musical lo constituyen seis obras de Genaro Zenteno Tadeo: “Recuerdo a Huaya”, “Zontecomatlán”, “Emma”, “Mis noches de dolor”, “Triste separación” y “La Chuy”. Efrén Fayad, en las notas que acompañan al disco, señala que nació en Ilamatlán, Veracruz, [No en Amatlán, como consigné en la entrega 3 de esta serie del pintor hidalguense, pues, como es obvio, voy trabajando por partes y así me pareció escuchar en la grabación de la entrevista. Rectifico, pues.] y se reunía en la Hacienda de Crisolco, Hidalgo, con los músicos españoles Salvador y Valentín Murillo y el mexicano Germán Téllez. Espero no estar muy errado, pero este material ofrece vetas interesantes para los investigadores de la música mexicana de piezas de salón de la primera mitad del siglo XX.

A partir del tema siete y hasta el once, “El silencio de la noche”, “Rosalía”, “Nardo”, “Mi recuerdo”, “La Chofi”, escuchamos composiciones de Graciano Solís García, de quien ya nos había señalado Efrén que era oriundo de Tianguistengo, Hidalgo. De acuerdo con el también promotor cultural, los Hermanos Olivares conocieron de trasmano la música de Solís, a través de un connotado violinista, Vicente Meneses, y Germán Téllez. En esos temas, se percibe el espíritu nostálgico y mesurado del compositor hidalguense.

El tema doce, “Las tres de la mañana”, está referido como de autor “Desconocido”. Quién sabe, por su tratamiento, bien podría ser de Zenteno, pero, como dije antes, los musicólogos podrían encontrar aquí un filón para investigar. El trece es “Elvira” y corresponde a Felipe de Jesús Sierra Samaniego, nacido en Calnali, Hidalgo. Efrén consigna que participó en la Revolución mexicana y cultivó las letras. El catorce y el quince, “Morir soñando” y “Sentimiento”, son obra de Venato del Campo y José de Jesús Alcaraz, compositores de fines del siglo XIX mexicano.

Para cerrar con broche de oro, hay tres “Bonus Track”: “Dios nunca muere”, del oaxaqueño Macedonio Alcalá, “Carmen” y “Sobre las olas”, del guanajuatense Juventino Rosas, sin duda, las cerezas del ya de por sí delicioso pastel. Además, se incluyen varias fotografías de los Hermanos Olivares y una breve nota biográfica a cargo de Efrén Fayad Islas. La grabación del máster la realizó Esteban Javier Hernández y el diseño gráfico Rosalío Rodríguez Amador.

De esta manera, lector, te recomiendo que consigas este disco, que nos da un mínimo mosaico de la música que se escuchaba y componía en la Huasteca hidalguense en las décadas iniciales del siglo XX, lo que abre un abanico de lecturas histórico-musicales de primer orden. Asimismo, es la puerta de entrada a un universo sonoro fascinante, en el que no se extraña para nada a más instrumentos, sólo reinantes el violín y la guitarra sexta de Ricardo y Casiano Olivares Ramírez.