Guy Rozat, investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), puntualizó que esas crónicas sirvieron para legitimar el poder hispano en América. “Los autores  escribieron sus relatos a partir de un complejo teológico y moral, para mostrar la gesta de Dios en estas tierras, y decir cómo la Divina Providencia empujaba a su pueblo elegido, el español, a apoderarse de los nuevos territorios y sus riquezas”.

Ciudad de México.- 3 de Junio de 2016.- Las crónicas sobre la Conquista de México, como la de Fernando Alvarado Tezozómoc, deben releerse  con una mirada historiográfica laica y científica, y no desde el pensamiento teológico y moral con las que fueron escritas hace más de cuatro siglos, señalaron los investigadores Guy Rozat y José Pantoja, en el ciclo de conferencias Tejiendo la Historia, que desarrolla la Dirección de Estudios Históricos del INAH.

Guy Rozat, investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), puntualizó que esas crónicas sirvieron para legitimar el poder hispano en América. “Los autores  escribieron sus relatos a partir de un complejo teológico y moral, para mostrar la gesta de Dios en estas tierras, y decir cómo la Divina Providencia empujaba a su pueblo elegido, el español, a apoderarse de los nuevos territorios y sus riquezas”.

En esas crónicas, dijo, no hay nada verdadero a pesar de sus títulos, como La historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, porque en ellas el criterio de veracidad que las sustenta no tiene nada que ver con el principio que intenta construir la historia científica desde la segunda mitad del siglo XIX.

El trabajo de los historiadores y los periodistas, explicó, se funda en la idea del testigo para que su producción sea considerada verídica, y debe construirse con una adecuación discursiva entre un algo que ocurría y un relato que se construye como verdadero, pero en los siglos XVI y XVII, la verdad era mucho más fluctuante y, finalmente una bonita historia, moralista, retóricamente construida.

Añadió que la historia clásica reporta que años antes de la irrupción de los españoles en las tierras de Anáhuac, una serie de presagios perturbaron la psique y la organización social de los indígenas que, incapaces de pensar una respuesta adecuada y obnubilados por el recuerdo de los antiguos augurios que contaban que los dioses regresarían para apoderarse de nuevo de sus tierras, no pudieron enfrentarse a la nueva coyuntura y el jefe supremo entregó su imperio como lo ordenaban las profecías.

Lo interesante, dijo, es que los textos hispanos contenían las profecías. El discurso de la entrega del imperio empieza en las cartas de Hernán Cortés y culmina en el Capítulo XII de la obra magna del franciscano Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España.

El profesor e investigador del INAH, quien ha dedicado 45 años de su vida a estudiar esta etapa de la historia a través del Seminario de Historiografía “Repensando la Conquista”, sostuvo que si se toman en cuenta todos estos escritos se tiene una bella historia, un cuento edificante, pero no un documento que pueda considerarse hoy histórico. “Lo que pretendía Cortés, y tras de él la Iglesia y los funcionarios culturales al servicio de la monarquía, era que a través de esa ficción se construyera la legitimación del poder hispano en estas tierras.

“Cortés a través de sus cartas intentó construir una imagen del conquistador moralmente impecable. Y sus ‘crímenes’, como la masacre de Cholula, están contados bajo la protección retórica de la traición. No es una masacre, sino el castigo merecido de unos traidores”, expuso Guy Rozat.

El antropólogo José Pantoja señaló que si se quiere saber un poco de la historia y de la civilización prehispánica, el último lugar donde se debe buscar es en las crónicas coloniales por más “indias” que se presenten.

Tezozómoc y el resto de los cronistas indios adquieren importancia en la medida en que se cuestiona el carácter evangelizador, cristiano, hispánico y medieval de los textos de Sahagún, Durán o De las Casas, porque si recurrimos a los relatos indios, “sospechosamente” veremos que dicen lo mismo que sus mentores religiosos.

El origen étnico de los cronistas, prosiguió el investigador de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), se vuelve la clave para dotar de verdad y autenticidad a los relatos, y para convertirlos en depósito de una supuesta memoria prehispánica o, por lo menos, de una memoria de los vencidos.

El parecido entre las crónicas de indios y españolas fue un problema historiográfico en el siglo XIX. “Esta identidad discursiva no representaba un conflicto hasta los primeros años del México independiente, lo fue cuando la historia científica (historicista y luego positivista) trató de dotar de un pasado cultural digno al nuevo Estado mexicano”.

Si los textos de Alvarado Tezozómoc, subrayó, están conectados con el resto de las crónicas de la Colonia, no se debe a que los conquistadores hayan sido vencidos por la cultura prehispánica y se esforzaran por rescatarla, sino porque  él, Domingo  Chimalpahin y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, los cronistas indios, formaron parte de un sistema colonial y participaron de la cultura y mirada cristiana occidental.

“La Crónica Mexicana y la Crónica Mexicáyotl se hicieron bajo formatos literarios medievales occidentales, en tanto que el autor (Tezozómoc) las tituló crónicas, porque asumió que estaba siguiendo el modelo de la crónica real o imperial española, pero no lo hizo para meter un contenido prehispánico, lo que pretendió fue dar un lugar a su pasado en la historia cristiana”.

Fuente: (INAH)