El volumen, editado por el INAH, estudia los postulados y transformaciones de la congregación desde su llegada a nuestro territorio hace 430 años

Ciudad de México.- 24 de Febrero de 2016.- El papel que jugaron las órdenes religiosas en el proceso de evangelización católica en la Nueva España, así como su aporte en la consolidación de villas y ciudades fundadas por la Corona española, es abordado por la historiadora Jessica Ramírez Méndez en el libro Los carmelitas descalzos en la Nueva España. Del activismo misional al apostolado urbano, 1585-1614.

La publicación, editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), fue presentada este 24 de febrero en la XXXVII Feria Internacional de Libro del Palacio de Minería, donde se expuso que a 430 años de la llegada de los carmelitas a nuestro país, ofrece un panorama de cómo se involucraron en la administración parroquial, fundaron sus primeros conventos, constituyeron su propia política e intentaron su independencia de las autoridades de la península Ibérica.

La autora señaló que a mediados del siglo XVI se dio forma a la iglesia novohispana comandada por los obispos, y comenzó una profunda transformación que consistió en el regreso de las órdenes regulares a sus reglas originales, sin ser paliadas por los privilegios y condonaciones que los papas les habían concedido.

Felipe II, rey de la monarquía hispana, lideró esa reforma con la idea de que las órdenes volvieran a sus principios y sujetarlas a sus dictados, pues actuaban con demasiada independencia.

En esa época, la religiosa hispana Teresa de Jesús fundó la Descalces Carmelitana, congregación que se apegó a los dictados de Felipe II. El monarca les ordenó instalarse en la Nueva España y realizar, además de su línea contemplativa, actividad misionera entre los indígenas en el norte del virreinato y ayudar a párrocos, fungiendo como ayudantes de cura sin usurpar sus funciones, situación que ocurría con las órdenes franciscanas, dominicas y agustinas.

La especialista, de la Subdirección de Investigación de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH, señaló que los carmelitas instalaron, entre 1585 y 1605, sus primeras fundaciones respondiendo a las iniciativas monárquicas. De 1606 a 1614, se produjo en ellos una transformación ideológica que los alejó de la actividad misional, se volvieron más independientes de la línea española y dieron un giro hacia el orden urbano.

Cuando llegaron a la Nueva España, 60 años después que los franciscanos, encontraron que todas las doctrinas de indios ya estaban tomadas. Entonces se dirigieron hacia el norte a realizar su actividad misional, pero en este lapso se generó un debate interno sobre si debían seguir por la línea contemplativa o renunciar a lo activo. Poco a poco, la pugna se fue resolviendo y en España se impuso la postura del padre Nicolás Doria, quien apoyaba la vertiente contemplativa.

“Uno de los planteamientos de la Orden del Carmen es que, al orar y entrar en un estado meditativo y de contemplación, se generaba una relación más directa con Dios. En cambio, relacionarse con humanos los volvía más mundanos. Los carmelitas son grandes promotores del escapulario, que se relaciona con ser intercesores ante Dios, sobre todo a la hora de la muerte. Esta idea tiene mucho que ver con esa relación divina”.

Con base en esa línea, se promovió la fundación de cofradías carmelitanas y se dio pie a una serie de cambios. En 1614, abandonaron el norte y regresaron al centro de la Nueva España, lo que reflejaba su preferencia por zonas urbanas, villas y ciudades instituidas en ese momento, y emprendieron su transformación como provincia. En consecuencia, la Corona se molestó con los carmelitas por incumplir con el dictado.

“Cuando la provincia empezó a crear su perfil, inició su integración a las ciudades donde todos los edificios son más suntuosos. Se apartó de las normas arquitectónicas que los conventos debían seguir bajo un mismo cariz austero y optó por una línea de mayor autonomía. Esta situación se generó en la primera década del siglo XVII y alcanzó plenitud a finales de esta centuria y en el siglo XVIII.

“Nunca dejaron de ser una provincia dependiente de España, por ello se suscitaron diversos periodos de enfrentamiento al pretender más independencia y libertad de acción”.

Entre 1585 y 1614, los carmelitas descalzos asumieron la administración de la parroquia de San Sebastián (Ciudad de México) y nueve establecimientos: los conventos de Nuestra Señora del Carmen (Atlixco, México y Celaya), de Nuestra Señora de los Remedios (Puebla), Nuestra Señora de la Soledad (Valladolid), Nuestra Señora de la Concepción (Guadalajara) y el de Santa Teresa de Jesús (Querétaro); también del Santo Desierto de Nuestra Señora del Carmen, en Cuajimalpa (hoy Desierto de los Leones), y el Colegio de San Ángelo (Coyoacán).

Su aporte, como el del resto de las nuevas órdenes que llegaron a los territorios indianos: franciscanos descalzos, mercedarios y jesuitas, fue que tuvieron presencia en las villas y ciudades creadas en la frontera chichimeca hacia el norte, donde trabajaron con los peninsulares y criollos. Asimismo, surgieron nuevas devociones. Los carmelitas promovieron el uso del escapulario y la devoción a la Virgen del Carmen, y la creación de cofradías en las que participaba la población para servicios funerarios.

Para Jessica Ramírez, es importante estudiar las órdenes religiosas que llegaron a la Nueva España a la luz de los territorios de la monarquía, pues no se pueden analizar sólo desde el territorio conquistado, aisladas de su contexto europeo.

“Voltear a ver estos espacios permite vislumbrar la complejidad no sólo del momento de formación y llegada de la Orden del Carmen, sino de procesos más amplios como el desarrollo de las ciudades”.

Fuente: (INAH)