La gente compraba el calendario por un real (un octavo de un peso) sin importar que no supiera leer, porque en las plazas se leía en voz alta. Además, las páginas contenían símbolos de las distintas fases de la luna que ayudaban a los campesinos a saber cuál era la mejor época para sembrar, y a las mujeres cuándo debían cortarse el cabello o hacerse sangrías, así como una variedad de materias útiles.

Ciudad de México.- 14 de Enero de 2016.- Durante el siglo XIX, una de las costumbres más arraigadas entre los habitantes de la Ciudad de México fue la de portar en sus bolsillos un “calendario”, pequeña edición que publicaba el santoral, los eclipses, las fiestas de guardar, el clima, oraciones y algunas efemérides.

La gente compraba el calendario por un real (un octavo de un peso) sin importar que no supiera leer, porque en las plazas se leía en voz alta. Además, las páginas contenían símbolos de las distintas fases de la luna que ayudaban a los campesinos a saber cuál era la mejor época para sembrar, y a las mujeres cuándo debían cortarse el cabello o hacerse sangrías, así como una variedad de materias útiles.

La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH) alberga dentro del Fondo Reservado un rico acervo denominado genéricamente “Calendarios”, que abarca, además de este tipo de ejemplares, otras publicaciones anuales, como almanaques, anuarios, años nuevos y guías de forasteros, explicó Laura Herrera, historiadora de la BNAH.

Dentro de ese variado universo, se localiza la Colección del Calendario de Mariano Galván Rivera, considerada la más completa de la Ciudad de México. Está integrada por 394 volúmenes editados entre 1827 y 1973 —de cuyos números es frecuente encontrar más de un ejemplar—, que fueron catalogados, analizados y sometidos a procesos de conservación para que los usuarios puedan consultarlos a partir del primer bimestre de este año.

Cada ficha contiene datos generales de la obra como autor, título, medidas e información de las imágenes incluidas. Asimismo, se anexaron la portada digitalizada, el índice y un resumen del contenido, dijo la bibliotecóloga Mezli Silva, adscrita a la BNAH.

Este año se migrará la colección del sistema interno al catálogo de la biblioteca para ponerla al acceso de todo el público. “Por el momento, se trabaja en el etiquetado de cada una de las obras para identificar el sitio que ocupan en las estanterías”.

La especialista destacó que gran parte de la colección está compilada en tomos de dos, cinco o diez ejemplares (y también hay sueltos). A pesar de ser consideradas obras para usar y desechar, muchas se encuadernaron y se guardaron, incluso dentro del acervo se encuentra un libro curioso que el propietario formó con los recortes de las efemérides de Galván de 1879 a 1907.

Sobre los trabajos de conservación, la restauradora Xóchitl Cruz, también adscrita a la BNAH, señaló que durante el diagnóstico previo a su estabilización encontró muchos ejemplares con polvo acumulado y daños estructurales en sus encuadernaciones. Tras realizar la limpieza profunda y superficial de los volúmenes, se elaboró una guarda de protección para cada uno, así como un fólder donde se inserta la tarjeta con el número de adquisición y los años que contiene, con este procedimiento se evita escribir las clasificaciones sobre las hojas del texto original.

Añadió que los calendarios se elaboraban en papel mecánico, cuyo tiempo de vida era un año por ser de un material frágil. Por esta razón, se hizo una conservación directa o estabilización con la finalidad de que puedan ser consultados. 

Su historia
La publicación de calendarios en México se inició antes de la Independencia, cuando se imprimían solamente los de Felipe Zúñiga y Ontiveros, quien contaba con el privilegio real, el cual heredó a su hijo José Mariano. Tras consumarse el movimiento independentista se dio la libertad de imprenta y varios impresores editaron estos anuarios, entre ellos José Joaquín Fernández de Lizardi, José Mariano Ramírez Hermosa, Martín Rivera y Mariano Galván Rivera, quien alcanzó un gran éxito.

El auge de estos pequeños calendarios se dio en los años 60 del siglo XIX. Después surgieron los de mayores dimensiones que se colgaban en la pared, se colocaban en el escritorio o se hacían con otras modalidades. Sin embargo, el de Galván logró sobrevivir y hasta la fecha se edita con el sello de Murguía, puntualizó Laura Herrera.

Sostuvo que en Europa y en México el calendario fue “el impreso popular por excelencia y el más socializado”, pues era accesible incluso para los más pobres, quienes a través de este pequeño compendio sabían si iba a llover, hacer frío y se enteraban de sucesos históricos.

El Calendario de Mariano Galván Rivera tuvo una amplia distribución en la República, debido a que se vendía por millares —lo que representaba un buen negocio—  en establecimientos, ferias tradicionales y vendedores que lo ofrecían de pueblo en pueblo, de tal forma que alcanzaba los rincones más alejados del país.

Mezli Silva apuntó que en términos bibliotecológicos los calendarios evolucionaron: de 7 x 10 cm aumentaron su tamaño a 10 x 15 cm, y sus cubiertas rústicas pasaron a ser de color para hacerlos más atractivos con viñetas y frontispicios (ilustración decorativa) que enmarcaban el título, al tiempo que se mejoró la tipografía. En cuanto al contenido, se agregaron horóscopos y anuncios publicitarios, principalmente de cervezas, cigarros, máquinas de coser e incluso de la misma imprenta que los realiza. Su emblema distintivo es el toro, que todavía utiliza.

Mariano Galván Rivera nació en Tepotzotlán, Estado de México, en 1792, y desde joven se inclinó por la publicación de distintos tipos de libros, pero su prestigio lo logró a través de su calendario. El editor es considerado uno de los sobresalientes empresarios culturales de su tiempo.

Fuente: (INAH)