Reportero Azteca 21

Hoy pocos recuerdan que Santaclós estuvo a punto de desaparecer de México en la primera mitad del pasado siglo XX.

En aquellos años, cualquier decisión importante tenía que pasar por las manos del hombre sentado en la silla presidencial y este caso no fue la excepción. En México gobernaba entonces

Pascual Ortiz Rubio, a quien las malas lenguas apodaban “El Nopalito” por su presunta dependencia de Plutarco Elías Calles, quien, se decía, era el verdadero hombre fuerte del país.

Si fue idea original de don Plutarco o de don Pascual no se sabe, lo cierto es que Santaclós fue condenado a la extinción en las oficinas presidenciales. El 27 de noviembre de 1930 una nota publicada en el diario El Universal titulada “Quetzalcóatl será el símbolo de la Navidad en nuestro país” hablaba acerca de los deseos del Gobierno posrevolucionario por retomar las raíces indígenas en las fiestas decembrinas.

“Ayer tuve el gusto de comer con él (presidente de la República Pascual Ortiz Rubio) y durante la comida estuvimos acordando y me dio la idea de sustituir en las tradiciones extranjeras de Navidad –que no es nuestra– cambiándola por algo esencialmente mexicano. Quetzalcóatl sustituirá a los Santos Reyes a Santaclós y a Noel”, declaró el secretario de Educación Pública Carlos Trejo y Lerdo de Tejada ante los medios de comunicación.

El objetivo, aseguró el funcionario responsable de los lineamientos educativos en el país, era “engendrar evolutivamente en el corazón del niño amor por símbolos, divinidades y tradiciones de nuestra cultura y nuestra raza”.

El anuncio, por supuesto generó polémica en la ciudadanía. Poco después, en las páginas del mismo diario aparecieron cartas publicadas que rechazaban la propuesta.Una mujer pregunta: “¿Vamos a acostar a Quetzalcóatl en el pesebre de Belén y rezarle en idioma náhuatl?” A continuación advertía del peligro de que el Gobierno se consumiera en “el reajuste del intelecto colectivo”.

Además, se decía que Santaclós había sido una importación del Porfiriato y que se sumaba a las intromisiones extranjeras en el país. La adopción de Quetzalcóatl como benefactor de la infancia serviría para “reimplantar en nuestro México su legendaria tradición de pueblo patriota y civilizado” y promovería que la raza recuperara su antigua grandeza y todo lo suyo.

Para los investigadores era lógico que la Serpiente Emplumada no obtuviera la simpatía necesaria. “Una tradición no se impone por decreto presidencial, pero además las costumbres de la sociedad son las que hacen las leyes. Ya para 1930 éramos, como hasta hoy, un collage de tradiciones provenientes de diversas partes del mundo. Las festividades podían convivir sin conflicto”, explica la historiadora Elena Díaz Miranda.

Regresar a lo prehispánico

¿De dónde habría surgido la idea de cambiar la figura de Santaclós, esa que una compañía de refrescos había popularizado? El presidente Pascual Ortiz Rubio había estudiado ingeniería con especialidad en topografía, aunque algunas biografías hablan de él como historiador. Podría atribuirse la decisión a ese gusto por el conocimiento de México, pero hay más razones.

“La idea era retomar el indigenismo, regresar a lo prehispánico, al mito fundacional que diera unidad a la patria”, explica el historiador Jorge Traslosheros. Lo mexicano era lo proveniente de lo indígena, lo que no cumpliera con las características había que destruirlo.

Traslosheros señala que en ese periodo de adversidades políticas (dos años antes habían asesinado al presidente Álvaro Obregón) se implementaron una serie de símbolos y estereotipos nacionales que lograron arraigarse en el imaginario social, por ejemplo, la pareja nacionalista del charro y la china poblana. Tal vez por eso el intento de adoptar a Quetzalcóatl. Como último y más fuerte intento para consolidar esa imagen, el Gobierno organizó un evento el 23 de diciembre de 1930. En el Estadio Nacional montaron la escenografía de una pirámide y hombres ataviados con indumentaria azteca celebraron con danzas y rituales en honor al dios Quetzalcóatl.

Las crónicas de los diarios muestran que no hubo una sola referencia al señor del traje rojo y saco mágico lleno de juguetes, una figura que apenas unas décadas atrás había aparecido en las celebraciones decembrinas. Sin embargo, fueron permisivos con los Reyes Magos, una tradición llegada a México durante la Colonia. El templo estaba lleno de indios, chinas poblanas, doncellas y sacerdotes. Hubo incluso una banda de guerra. Pero el primer número fue el de los Reyes Magos que llegaron hasta la pirámide montada para Quetzalcóatl. Tal vez quisieron representar su rendición al culto al dios serpiente emplumada.

''(En 1930)existió una especie de locura de nacionalismo revolucionario. Se pretendía, además, guardar distancia de todo lo religioso'', Jorge Traslosheros, historiador.

Fuente:  (Informador.com.mx)