Sinaloa fue la puerta de entrada para la conquista espiritual del noroeste de México; el INAH lleva a cabo tareas de difusión sobre su riqueza misional. Las crónicas coloniales mencionan 25 edificaciones misionales establecidas en la ribera de los ríos Petatlán, Evora y El Fuerte durante los siglos XVI y XVIII

Guasave, Sinaloa.- 2 de Agosto de 2017.- Cada 31 de julio sin excepción, cientos de peregrinos acuden a una pequeña y modesta capilla de la sindicatura de Nío, en Guasave, Sinaloa. Todo el día se escucha la tambora en la población. El templo se harta de feligreses con ofrendas florales, velas y “milagritos” para una monumental escultura de san Ignacio de Loyola.

El fundador de la orden jesuítica está tallado en piedra, en una sola pieza, pesa alrededor de tres toneladas y mide 1.50 metros de altura. Su antigüedad es de más de 400 años, de la época cuando los religiosos comenzaban la evangelización del noroeste de México, justo en esta región sinaloense, de la que hoy poco se escucha en la historia del país.

El arqueólogo Joel Santos Ramírez, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), enfatiza que el norte de Sinaloa fue la región donde se fundaron las primeras misiones jesuíticas del noroeste de México. Una forma de organización que facilitó la conquista de la Corona española en lugares inhóspitos, pero también con un proyecto espiritual ideado por la Compañía de Jesús para poner en práctica en las naciones indígenas, las más hostiles de la Nueva España, según las crónicas españolas y que propició el desarrollo de una cultura de gran valor. 

Su trabajo tuvo fines religiosos, de organización social y económica, porque debían ser autosuficientes a través de la agricultura y la ganadería. No solamente se trataba de convertir a la religión católica a los naturales, sino hacerlos vivir en comunidades a las que no estaban acostumbrados, ya que los grupos prehispánicos que habitaron la región noroeste eran nómadas y semisedentarios. El proyecto de los jesuitas exigía vivir bajo normas y costumbres hispanas.

Una de las expresiones culturales jesuíticas se reflejó en la arquitectura. Las crónicas coloniales mencionan hasta 25 misiones a lo largo de los ríos Petatlán, Evora y el Fuerte, donde hoy se encuentran los municipios El Fuerte, Ahome, Guasave, Mocorito y Sinaloa. Bellas y sencillas pero frágiles  edificaciones de adobe que la creciente de los lechos se llevaba continuamente, fueron construidas entre 1591 y 1767, y trazaron el umbral de una ruta que alcanzaría el sur de Sonora, Baja California y la Alta California (hoy EU). Territorios lejanos de todo lo hasta entonces conocido por españoles. 

A partir del proyecto La Ruta de las Misones del Noroeste, el INAH-Sinaloa entre 2002 y 2008, dirigido por Joel Santos, se han ubicado los rastros de ruinas localizadas en los municipios mencionados, a estos se agrega el templo de Mocorito, construido en varias etapas y que se conserva íntegro, con elementos del barroco jesuítico y que constituye un bien cultural ejemplar de la región. 

Asimismo, se tiene conocimiento de un rico patrimonio mueble de tallas, retablos, esculturas y objetos litúrgicos que se resguardan en templos modernos, algunos de ellos ubicados en lugares apartados de la sierra; y también de patrimonio intangible en torno a las misiones, como la festividad de san Ignacio de Loyola que se celebra cada 31 de julio en el poblado de Nío, municipio de Guasave, con la veneración a la escultura del santo fundador de la Compañía de Jesús, resguardada en una capilla de cemento moderno. 

Joel Santos explica que corrían los últimos años del siglo XVI cuando la orden jesuítica llegó a la entonces Villa de San Felipe y Santiago ―hoy Sinaloa de Leyva― fundada en 1585, a la margen derecha del río Petatlán por soldados españoles. Los primeros jesuitas avecinados fueron Gonzalo de Tapia y Martín Pérez, en 1591. Ellos dos establecieron en aquella villa la misión de Sinaloa que controló la región norte de Sinaloa, sur de Sonora y parte de Chihuahua. Evangelizaron a indígenas de las poblaciones Baburia, El Opochi, Ocoroni, Guasave, Tehueco, Mochicahui, Bamoa y Nío. 

Un año después llegaron Alonso de Santiago y Juan Bautista de Velasco para ampliar la labor, y en 1610 reciben la orden de fundar un colegio.  Para 1760 el Colegio de Sinaloa estaba en su máximo esplendor, pero en 1767 los jesuitas son expulsados del continente americano por contravenir los intereses de la Corona española.

Con motivo de los 250 años de aquella expulsión, este 31 de julio, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) realizó un ciclo de conferencias en Guasave, en el marco de la festividad de san Ignacio de Loyola. Expertos en el estudio de la etapa inicial de la historia misional, de la cual se sabe muy poco, hablaron del legado de los jesuitas y de la importancia de preservar el patrimonio cultural que heredaron a Sinaloa y a una extensa región, en gran parte determinada por su presencia de más de cien años. 

El proyecto del INAH emprendido en 2002 derivó en un diagnóstico del estado de las ex misiones: muchas de ellas se perdieron por el crecimiento de los ríos, como el Templo y Colegio de la Villa de Sinaloa, y como sucedió también con varios templos en Guasave: la pequeña capilla moderna donde se venera a san Ignacio de Loyola se ubica a un lado de las ruinas de la iglesia de Nío. En tanto, otras nunca se vieron terminadas porque su construcción estaba en proceso cuando los jesuitas salieron expulsados. 

A decir de Joel Santos son 10 los sitios misionales con elementos jesuíticos que el INAH tiene registrados, la mayoría corresponden a ruinas. Las más antiguas están en la ribera del río Petatlán: las ex misiones de Pueblo Viejo y Nío, que son los vestigios de la iglesia y el ex colegio de Sinaloa. En 2003, el arqueólogo llevó a cabo una exploración en este sitio y localizó las cimentaciones de la edificación, así como varios entierros de aquella época, entre ellos los de los jesuitas. 

En la ribera del río Fuerte también se hallaron vestigios, dice Joel Santos, entre ellos destaca el templo de la ex misión de Baca, la cual está completa: es una iglesia sencilla, de una sola nave y arquitectura austera, pero en cuyo interior hay esculturas del siglo XVII. En tanto, las ruinas de dos ex misiones ubicadas en la parte más serrana: Chicorato y Toro, permanecen en los vasos de la presa de Sinaloa. 

También se registraron misiones en la parte sur del estado, en el municipio de San Ignacio. Ahí la historia está relacionada con la minería y tiene más vínculos con Durango. Esas misiones se establecieron para pacificar a los indígenas. Allá se conserva el Templo de San Ignacio, del siglo XIX pero seguramente edificado sobre las ruinas de la antigua misión. Otro templo importante en el municipio es el de San Javier, que aún conserva su techumbre de dos aguas. “Creemos que la mayoría de misiones jesuitas eran así, aunque hoy casi todos los templos antiguos tienen reconstruidos techos de concreto”. 

Al san Ignacio de Nío, en Guasave, los feligreses lo visten cada año con una capa de color festivo y lo llenan de flores. La verbena sale del templo a todas las calles bañadas en confeti y harina. A los juegos mecánicos de la feria que de noche se viste con foquitos y a la cuadra cerrada donde se organiza el baile. Hasta la madrugada, la tambora sigue… sigue...