Amor mío, tu rostro divino…

Tan bueno para la guerra como para las artes amatorias, durante los años de guerra Porfirio Díaz dedicó algunas horas al amor fugaz, antes de dar el paso hacia el registro civil, instituido apenas ocho años atrás en 1859.

Entre 1858 y 1861 corrió el rumor de un gran romance con Juana Catalina Romero, la mujer de Tehuantepec.  Años después, se habló del amor que le tenía a la soldadera Rafaela Quiñones con quien concibió una niña a quien bautizó con el nombre de Amada.

Y cerró el círculo de sus aventuras el 2 de abril de 1867 cuando contrajo matrimonio, por poder con su sobrina Delfina Ortega.La guerra impidió que le declarara su amor en persona pero se valió de una carta para hacerle saber a Delfina sus intenciones.  De forma afectuosa pero seca escribió:

“Querida Fina estoy muy ocupado y por eso seré demasiado corto no obstante la gravedad del negocio que voy a proponerte en discusión y que tú resolverás con una palabra.  Es evidente que un hombre debe elegir por esposa a la mujer que mas ame entre todas las mujeres si tiene seguridad de ser de ella amado y lo es también que en la balanza de mi corazón no tiene rival.  Este es mi deseo y lo someto a tu juicio, rogándote que me contestes lo que te parezca con la seguridad de que si es negativamente no por eso bajarás un punto en mi estimación y en ese caso te adoptaré judicialmente por hija para darte un nuevo carácter que te estreche más a mí y me abstendré de casarme mientras vivas para poder concentrar en ti todo el amor de un verdadero padre.  Si me quieres dime sí, o no, claro y pronto”.

A pesar del parentesco, a Delfina no le era indiferente su tío, y respondió de inmediato:

“Mi alma, mi corazón y toda mi máquina se encuentran profundamente conmovidos.  Me resuelvo con todo el fuego de mi amor a decirte que gustosa recibiré tu mano como esposa a la horas que tú dispongas”-

Delfina se dejó llevar por el amor, pero en su corazón sabía que su relación contravenía la religión de sus padres, y aunque fue presurosa al registro civil a contraer matrimonio con un representante de su Porfirio en los siguientes años pesó sobre su conciencia no haberlo hecho religiosamente, siempre espero un castigo divino.

A principio de 1880, en un parto complicado Delfina dio a luz una niña, la cual murió en cuestión de horas y llevó a su madre al pie de la tumba y resurgió el sentimiento de culpa.  Temerosa de morir sin el perdón de la Iglesia le pidió a Porfirio que hiciera lo necesario para que un sacerdote oficiara su matrimonio antes de fallecer, pero esto tenía serias dificultades, además del parentesco, Porfirio había jurado la Constitución liberal, así que se dispensó el impedimento por consanguinidad, pero al mismo tiempo el arzobispo Pelagio Antonio Labastida y Dávalos le pidió su abjuración a Díaz.

El presidente lo hizo y recibieron la bendición.  Al otro día Delfina Ortega falleció dentro de la Iglesia católica.  Porfirio le había complacido y hecho feliz por última vez.  

Bibliografía
“99 pasiones en la historia de México”
Alejandro Rosas
Mr Ediciones