Por Gregorio Martínez Moctezuma 

Ciudad de México. 15 de enero de 2016. Sin llegar a plantear al absurdo como motivo de nuestras vidas ni tampoco al nihilismo como sustento de la época que nos ha tocado en suerte vivir, pero sí haciéndoles guiños, la puesta en escena de “Érase una vez Godínez”, dirigida por Yaride Rizk y con asesoría de Gerardo Trejoluna, hace una ácida reinterpretación del hombre promedio de las sociedades automatizadas y autómatas de nuestros días, sobre todo del hombre citadino que se ha transformado en un lugar común y parodiable de tan cotidiano y anodino, un cliché que se produce en serie y del que difícilmente alguno de nosotros no forma parte o no se ve reflejado en esa cárcel global e ineludible del “hombre sin atributos”, del Godínez contemporáneo al que pareciera que se dirigen todos nuestros pasos, todos nuestros esfuerzos, las nuevas y futuras generaciones. Si no, ¿qué somos o serán los habitantes de las grandes urbes?  

La puesta en escena de “Érase una vez Godínez” se llevó a cabo a finales de 2015 en el foro de Sunland, Shool for the Arts, en la calle de Cozumel, en la colonia Roma, que es un espacio breve, íntimo, donde Jorge Antonio Guerrero dio vida (más que interpretar) a ese Godínez enajenado y robotizado que vive atrapado por las obligaciones y estilo de vida del típico oficinista mediocre, gris y sin ideales morales (éticos, valga la redundancia) de envergadura, pero en el que se agita el germen de humanidad que le impide seguir siendo uno más de la imparable y actual producción en serie (¡cómo no evocar al Chaplin de “Tiempos modernos”!) y lo impele a romper con esa cadena absurda de la vida rutinaria y estresante que sólo conduce a la destrucción, en todos los sentidos. 

Para ello, el actor actúa como su apellido y echa mano de un elemento poco usual en el teatro y rompe con la monotonía de la vida de su personaje, incluso del discurso dramatúrgico convencional, pues indudablemente que se transgrede “la acción” y la improvisación artemarcialista queda abierta: el kung fu, lo cual produce un efecto de fragmentación de la realidad y, paradójicamente, de recomposición del “ser” o la posible redefinición de éste a través de la lucha contra lo convencional y monótono. En este contexto, cabe señalar la disciplina y el rigor de la puesta en escena, que deja muy atrás la noción de ensayo o entrenamiento y hace que, aunque sea por los breves minutos de la representación, el espectador confronte a su propio Godínez e incluso llegue a reírse de él y con él.  

También debo mencionar que es una puesta imaginativa, con mínimos recursos escenográficos y cuya progresión dramática se diluye en aras de la impactante representación. Al final, cabe a cada espectador reconstruir a ese Godínez escénico y personal que fue destrozado ante sus ojos sin mediar ninguna esperanza posible de redención. Conmover es la intención; lo que sigue es la incertidumbre, pero vitalista, lejos de la prisión de confort vacua e insustancial que rige la conducta godinesca. Asimismo, no está de más comentar que los efectos sonoros y los fragmentos de música (minimalista) son un eficaz complemento a la acción de cada segmento escénico, que bien podrían ser tres, vistos de modo sencillo, simple: planteamiento, conflicto y desenlace irresoluto. En suma, “Érase una vez Godínez” es la representación del hombre actual que vive mucho tiempo encerrado en oficinas impersonales y, peor aún, en sí mismo teniendo como límites y soportes los avances tecnológicos que sólo enfatizan su esclavitud y escasez de propósitos vitales trascendentes, haciendo que su comportamiento sea más parecido al de un robot que al de un ser humano. 

Foto: Jorge Antonio Guerrero en “Érase una vez Godínez”. 

Azteca 21/Gregorio Martínez M. 

Comentarios a esta nota: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.