En el marco de su 25 aniversario luctuoso, México se alista para celebrar al pintor, dibujante y muralista, quien revolucionó el arte mexicano, pues supo conjugar la herencia del arte prehispánico con las vanguardias internacionales, en una obra en la que conjugó el color, la perspectiva, la armonía y las texturas.

Ciudad de México.- 24 de Junio de 2016.- Como un hombre de lo más responsable para su trabajo y para quien pintar era su vida, “que se sacrificó, que se esmeró, que trabajó incansablemente por mejorar su obra”, María Elena Bermúdez, describió a su tío, Rufino Tamayo (Tlaxiaco, Oaxaca, 25 de agosto, 1899- Ciudad de México, 24 de junio, 1991).

En el marco de su 25 aniversario luctuoso, México se alista para celebrar al pintor, dibujante y muralista, quien revolucionó el arte mexicano, pues supo conjugar la herencia del arte prehispánico con las vanguardias internacionales, en una obra en la que conjugó el color, la perspectiva, la armonía y las texturas.

Pulcro al pintar, enamorado de su esposa, Olga, a quien dedicó más de 20 óleos, juguetón y bromista, simpático y alegre, gustaba cantar, bailar y tocar la guitarra, Rufino Tamayo tuvo una vida en la que produjo mil 300 óleos, 465 obras gráficas, como litografías y mixografías, 350 dibujos, 20 murales, así como un vitral.

“Mi sentimiento es mexicano, mi color es mexicano, mis formas son mexicanas, pero mi concepto es una mezcla (…) Ser mexicano, nutrirme en la tradición de mi tierra, pero al mismo tiempo recibir del mundo y dar al mundo cuanto pueda: este es mi credo de mexicano internacional”, decía Rufino Tamayo.

Su sobrina María Elena Bermúdez cuenta que, intrigada por el oficio del tío, un día le preguntó: “cuando llegas a un caballete ¿ya sabes lo que vas a pintar? Y me dijo, no, nunca, eso nunca lo sé. Pero me di cuenta que cuando él entraba a pintar nunca dejaba una obra, se podía tardar todo el tiempo que fuera, hasta que se sentía satisfecho”.

Según el escritor, ensayista y poeta Xavier Villaurrutia, el artista en su obra “no compone por acumulación, sino por selección y porque no le arredran los espacios desnudos que, en su caso, nunca son espacios vacíos, puesto que, en virtud de una pincelada siempre significativa, el color sigue viviendo en ellos con una vibración que es un goce para la vista y que instala al mismo tiempo a las figuras del cuadro dentro de una atmósfera y en una compleja y poética duración”.

A 25 años de su partida

Como parte de la conmemoración del 25 aniversario luctuoso del pintor, el Museo Tamayo Arte Contemporáneo tendrá una sala de exhibición permanente con la obra del maestro y una más para presentar la colección de pintura internacional contemporánea que el pintor adquirió junto con su esposa Olga, las cuales serán inauguradas el próximo 30 de julio.

Luego de una reunión que los sobrinos de Tamayo, los Bermúdez Flores, sostuvieron con el secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa, y la directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), María Cristina García Cepeda, se concretó la propuesta que por muchos años habían planteado.

María Elena Bermúdez destacó que desde que abrió el museo en 1981, personajes del arte como Fernando Gamboa abogaron por que existiera una sala permanente Tamayo en el recinto, con el argumento de que era su museo y la gente acudiría para ver su obra.

Sin embargo, el pintor se negó, ya que dicho recinto no era para exhibir su obra, sino para exponer lo mejor del arte contemporáneo internacional en México.

No obstante, precisó la sobrina del pintor, “constantemente recibíamos quejas de gente enojada, que cómo era posible que en el Tamayo no estuvieran sus obras, que entonces se le quitara el nombre de Rufino Tamayo, porque pasaba a ser como una mentira, un engaño. La gente no puede entender cómo en el Museo Tamayo no hay Tamayos”. Y es que la única obra que se encuentra en el recinto, ubicado en Chapultepec, es el mural Homenaje a la raza india, de 1952.

Pero ahora, a partir de agosto, en las nuevas salas se expondrán las más de 300 obras de pintores internacionales que Tamayo donó al museo, mientras que en la sala que llevará su nombre se presentarán sus propias piezas, entre éstas las 11 que él mismo donó al Museo Tamayo, así como las 15 pertenecientes a la colección privada Olga Tamayo.

La colección de pintura de los Tamayo, precisó María Elena Bermúdez, la adquirieron a lo largo de 15 años, en los que la pareja hizo viajes ex profeso para comprar las mejores obras y luego, dieron una ardua lucha para lograr el museo que, por ejemplo, ha tenido grandes muestras, como Los Picasso de Picasso con más de un millón de visitantes.

Un Tamayo alegre

María Elena Bermúdez, autora del libro Los Tamayo, un cuadro de familia, cuya realización le tomó más de 16 años, recuerda a su tío Rufino con mucho respeto, pero también “con un cariño enorme. Lo encontraba alegre, siempre dispuesto a pasarla bien, era muy bromista y muy antojadizo. Nos llevaba a tomar helados a la plaza de Coyoacán y podías ir caminando y te metía el pie”.

Daba gusto verlo feliz, aseguró su sobrina, porque se trataba de alguien simpático y alegre, a quien le encantaba tocar su guitarra, cantar y bailar, lo cual hacía muy bien, por lo que Olga siempre le organizaba reuniones para festejar de todo: cumpleaños, santos, aniversarios.

Olga fue el gran amor de Rufino. “Definitivamente, le pintó 20 óleos en toda su vida, no cualquiera te pinta 20 óleos y se quedaron juntos”, pues todo fue amor a primera vista. De acuerdo con María Elena Bermúdez, Olga y su hermana estudiaban en el Conservatorio Nacional de Música donde vieron a un muchacho muy guapo con una guitarra y días después lo ven trepado en unos andamios pintando.

Olga se le acercó y le dijo, “esos monos que pintas no me gustan” y esa sinceridad le llegó al corazón de Tamayo. Comenzaron a salir y Olga, nuevamente tomó la iniciativa al revelarle “me gustas y contigo me quiero casar”. A los tres meses se realizó la boda.

Algo que sorprendía de Rufino Tamayo, refiere su sobrina, era la pulcritud. “Rufino donde trabajaba, él recogía sus cosas hasta el último pincel, sin dejar huella alguna de que había pintado ahí, era muy meritorio, me llamaba la atención, la pintura que es muy cochina, él llegaba a ensuciarse el mandil, sus sandalias, pero hasta ahí”.

Además, dijo, Rufino Tamayo era muy antojadizo, le gustaban los dulces y el helado, sin embargo por problemas de gastritis, que padecía por las horas de ayuno que vivió en su juventud, había muchos alimentos que le caían pesados, pero fue por un problema pulmonar que falleció a punto de cumplir 92 años.

Todos estos detalles aparecen en el libro Los Tamayo, un cuadro de familia que María Elena Bermúdez ahora buscará traducir al inglés y francés, pues a pesar de la importancia de la obra del pintor y que personajes como Octavio Paz y Xavier Villaurrutia reconocen sus méritos, en muchas partes del mundo no lo conocen, por lo que su sobrinos han asumido la obligación “de no dejarlo morir y luchar porque esté siempre presente”.

Fuente: (CONACULTA)