POR LA ESPIRAL

                                               Claudia Luna Palencia

                                               @claudialunapale 

-No todo está perdido para Gran Bretaña

Casi todo es reversible menos la muerte. Para Gran Bretaña se abre un hálito de esperanza, un rayo de ilusión en medio del chaparrón que le viene cayendo encima  desde que David Cameron puso en marcha el referéndum del Brexit en aquel verano maldito de 2016.

No obstante, SÍ existe una posibilidad para echar atrás su resultado a través de  las elecciones del próximo 8 de junio convocadas por la actual premier Theresa May.

Surge así una enorme posibilidad para que, en las urnas, otra vez los británicos decidan definitivamente aventarse un salto al vacío o bien recular y hacer un borrón –sin cuenta nueva-, con la Unión Europea (UE) pero dejando todo ceteris paribus; tal y como estaba antes de que Cameron explotase la caja de Pandora para luego darse a la fuga como primer ministro. 

La verdad es que a May, que no cumple ni siquiera  un año como ministra suplente, le ha tocado enfrentar toda la inquina de parte de los mandamases de la UE, junto con agrios encontronazos inclusive con Angela Merkel, su homóloga alemana. 

Recientemente la británica cenó con Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, un encuentro que saltó a la prensa matizado de rifirrafes y  además con el anuncio bastante reciente de la convocatoria de elecciones en la nación británica. 

¿Cuál es el trasfondo de esta lectura? Muy simple, May sabe que no  las tiene todas consigo para el Brexit duro que pretende llevar a cabo sacando a Gran Bretaña de las instituciones europeas,  del mercado único así como de la unión aduanera. 

Es decir, se trata de jugar a la ruleta rusa, ir apretando el gatillo hasta encontrarse con la bala que vuele la tapa de los sesos, pero además es que nadie sabe bien a bien hacia dónde pretende May llevar a su país, ¿a la debacle? ¿Al ostracismo? 

            Las partes oficiales más visibles intentan esquivar en lo posible las preguntas de los periodistas ateniéndose a la versión centrista emanada desde Downing Street. 

            Desde febrero pasado que saludé de mano a Simon Manley, embajador británico en España, se ha ido aplazando mi entrevista con él y no es únicamente para hablar del Brexit y del futuro inmediato sino también para situar el contexto geopolítico y geoestratégico del Reino Unido. Ahora, me informan, habrá que aguardar hasta después de las elecciones del 8 de junio próximo. 

            Y con esa incertidumbre todo puede pasar, es un auténtico volado: May puede obtener una victoria aplastante que la reivindique a ella y su Brexit duro o bien, un político como Nick Clegg, del ala liberal podría obtener mayoría  y reconstituir el Parlamento de tal suerte que el Brexit sería reversible; los propios mecanismos de la UE lo prevén hay forma de quedarse… a veces es más fácil el arrepentimiento, el perdón que el adiós definitivo sobre todo con tantos intereses de por medio. 

A COLACIÓN

            En los últimos 24 meses diversos gobernantes se han sacado de la chistera el comodín de dimitir para forzar los mecanismos de la democracia a fin de adelantar elecciones generales. ¿Por qué lo hacen? Para buscar legitimar su menguado poder golpeado por decisiones contradictorias. 

            Lo ha hecho Alexis Tsipras en Grecia, luego Matteo Renzi en Italia y como era de esperarse (algunos dicen que no lo esperaban) la propia Theresa May; la pretensión –un tanto perversa- de legitimar con el voto ciudadano las decisiones más crudas obedecen a la necesidad de darle al votante la máxima responsabilidad de cuanto se tiene en mente hacer. 

            Tsipras lo hizo para ponerse bajo el paraguas de la gente para ejecutar el severísimo programa de recortes exigido por la UE  y así obtener el ansiado rescate financiero; Renzi dimitió en Italia en medio de un poder menguado y ahora va resurgiendo perfilándose para gobernar de nuevo. 

            May ha recurrido a dicha fórmula convencida de que logrará reivindicarse en las urnas, aunque políticos como Clegg están dispuestos a echar la carne al asador  tratando de convencer con datos reales el costo para el ciudadano inglés:  “Los primeros efectos  postbrexit son de  600 euros por familia”, según el Center for Economics and Business Research. 

            El  meollo es que la cifra podría empeorar, per cápita y por familia. Cierta parte de la cúpula británica intenta camuflar las deficiencias en el sector salud y otras áreas ligándolas con una sobrecarga derivada de una presión migratoria.  El Brexit tiene mucho de ese caldo de cultivo pero que un país no sepa administrar ni sus arcas ni sus cuentas públicas no es óbice para abandonar la UE ni mucho menos culpar a los migrantes de ello. Es nada más tapar el sol con un dedo…

*Puedes opinar en http://claudialunapalencia.blogspot.com.es economista experta en periodismo económico, geoeconomía y análisis internacional