Eran rostros de vértigo. Corroídos por la impotencia y la decepción. La imagen de la sorpresa, la incredulidad con nombres, apellidos y muchos millones de dólares en los bolsillos, papeles verdes que ante la derrota y la justicia deportiva, son tan inútiles como azúcar...

Poesía en el diamante

Por: Ángel Soto M.

Eran rostros de vértigo. Corroídos por la impotencia y la decepción. La imagen de la sorpresa, la incredulidad con nombres, apellidos y muchos millones de dólares en los bolsillos, papeles verdes que ante la derrota y la justicia deportiva, son tan inútiles como azúcar en la sed.

Ayer el deporte derrotó al imperio, a la trampa y la soberbia. México, el equipo eliminado por una mala tarde de pitcheo ante Japón, eliminó al gigantesco Estados Unidos del Clásico Mundial de Beisbol, su juego, el invento que va de la mano con el desarrollo de su sociedad.

Fue caminar sobre un alambre para cruzar el acantilado. Nada fácil, pero sobrado de espectacularidad, de nervio y tensión. La novena mexicana, criticada por haberse ido a relajar a Disney tras saberse casi eliminada, la misma que inmerecidamente recogió los dardos llenos del veneno creado por los egoístas, quienes quizá preferían verlos cabizbajos con síntomas de depresión luego de su mala tarde ante Japón, ayer convirtió el juego de pelota en una exhibición de pureza y exquisitez.

En el beisbol la defensa es un arte y México lo representó con una partitura bellísima. Fue poesía lo que, excepto por una pifia que al final resultó intrascendente, el equipo sembró en la grama de un estadio de Anaheim que al final de la jornada tenía a cerca de 30 mil aficionados sin aliento, exhaustos por brindarse con fe ciega a sus estrellas derribadas.

México debió luchar contra lo mismo que padecieron Japón y Corea: un jueceo localista, tan ruin como la mentira, cobarde como la traición y e igual de infame que la soberbia.

Por ello será inolvidable la imagen del tramposo ampayer Davison derrotado, con el rostro amarillo y la mandíbula apretada, mientras cantaba el último out del juego y con ello la eliminación del equipo de su país, al que tanto ayudó al fastidiarle una victoria a Japón tras anular una carrera legítima o robarle, como buen hampón que es, un clarísimo home run al mexicano Valenzuela, que, es necesario puntualizar, ¡vaya trozo de pelotero!

Hoy vale la pena volver a dejar de lado el futbol. Ya no recordar aquella mortal puñalada que los estadounidenses le clavaron a México en el Mundial de Corea y Japón en el 2002, la cual ya una selección tricolor se encargó de vengar en el 2003 al eliminar a Estados Unidos del torneo de beisbol de los Juegos Olímpicos de Atenas.

Ya dejemos escapar el pasado y disfrutemos el presente, la actualidad y realidad de la pelota mexicana, la que nos ha hecho vibrar un par de semanas al demostrarnos que podemos soñar en ver a otro Valenzuela u otro Higuera, porque nuestros lanzadores tiran con guante de seda y no tienen por qué envidiarle nada a nadie.

Hay que gozar la defensa que juegan los nuestros, que sin temor a exagerar, es la mejor que se ha visto en este Clásico. Tenemos guantes de oro. Jugadores que recogen y lanzan con suavidad de algodón y que ayer, 16 de marzo de 2006, nos dieron una alegría inmensa, inolvidable.