El mundo en que vivimos se vuelve cada vez más unisex. Ropa, cortes de pelo y accesorios son usados de igual manera por hombres o mujeres. Cada día se reduce más la lista de lo estrictamente femenino o masculino. Apenas si existe alguna actividad considerada exclusiva...

En un mundo unisex

Por: Liliana Esmenjaud
Colaboradora de Mujer Nueva

El mundo en que vivimos se vuelve cada vez más unisex. Ropa, cortes de pelo y accesorios son usados de igual manera por hombres o mujeres. Cada día se reduce más la lista de lo estrictamente femenino o masculino. Apenas si existe alguna actividad considerada exclusiva para alguno de los dos sexos. Esto hace cada vez más imperante una educación que proporcione las mismas oportunidades a jóvenes y a chicas.

El tiempo en que los hombres asistían a la universidad mientras las mujeres aprendían costura y cocina, ha quedado atrás. Profesionalmente hablando, se exige lo mismo a una mujer que a un hombre. La pari-oportunidad laboral hace cada vez más necesaria la equidad educativa.

Para dar solución a esta nueva situación, la educación femenina se ha visto en la necesidad de adaptarse. En la mayoría de los casos ha sido el mundo educativo masculino el que ha abierto sus puertas a las mujeres, permitiéndoles entrar y alimentarse de él. Así se ha buscado dar respuesta a esta nueva demanda educativa.

Este cambio cultural se ha dado de manera muy rápida en las últimas décadas. Y es conveniente analizar algunos de sus resultados para ver si el igualar la educación de la mujer con la del hombre ha sido lo más adecuado.

Si nuestro objetivo educativo es el preparar a las mujeres para su ingreso en el mundo laboral, podría pensarse que sí se ha conseguido, con sus más y sus menos. Pero para quien piensa que la educación tiene un objetivo mucho más amplio que el de la simple preparación profesional, la respuesta que se ha dado puede quedar un poco corta.

Para muchos, la educación ha de ser una preparación para la vida. Ha de ayudar a la persona a ser lo que está llamada a ser. Es cierto que en este momento de la historia la mujer está llamada a dar su aportación en el mundo laboral y social, y la educación ha de responder a esta necesidad. Pero también lo es el que la mujer sigue llamada a contribuir en la sociedad siendo mujer, es decir, siendo lo que únicamente ella puede ser: esposa y madre. En su trabajo, cualquiera la puede sustituir, pero como esposa y madre nadie lo puede hacer. Si llega a fracasar profesionalmente, el daño siempre es reparable por otro. Pero si fracasa en esta, su misión fundamental, ¿quién la podrá suplir?

Un estudio difundido por el INEGI, denominado "14 de Febrero, Matrimonios y Divorcios en México", refiere el aumento en la proporción de divorcios que ha habido en México del año 1970 al 2003. Estos años coinciden precisamente con las décadas en que la educación femenina se ha equiparado a la masculina en ese país. En el año 1970, se producían 3.2 divorcios por cada 100 matrimonios en México; para el año 1980 los divorcios aumentaron a 4.4. En 1990, el porcentaje sube a 7.2, en 2000 a 7.4, y en 2004 a 11.3 (1) .

Aún cuando las causas de los divorcios sean muy variadas, podemos al menos concluir que el tipo de educación que se ha impartido en estos años, tanto a los niños como a las niñas, no ha ayudado a aumentar la estabilidad familiar que es el ámbito donde la mujer desarrolla su misión fundamental de esposa y madre.

La educación de la mujer, si ha de ser integral, ha de ocuparse de estos aspectos tan importantes para su personalidad, sin olvidar la preparación profesional. Esto no se logra con materias extras, sino con un ambiente educativo que dé oportunidad a la niña para desarrollar las competencias necesarias para cumplir con su misión fundamental de la vida, que es ser mujer. Lo mismo aplica a la educación de los niños. Es importante que su educación los equipe de las competencias propias para ser buenos padres de familia y esposos, pero esto es tema para otro artículo.

En un mundo que se va haciendo cada vez más unisex, la educación femenina cobra cada día más importancia para que la sociedad no se vea privada de la aportación más valiosa y trascendente que la mujer está llamada a darle: su feminidad.

(1) La Crónica de Hoy, Monterrey, Nuevo León, México, 11.02.2006