Editorial

Cortesía: mundotoro.com

A los periodistas no les compete gestionar plazas de toros. Tampoco les compete fiscalizar ingresos o gastos de sociedades o personas privadas. No les compete otra cosa que informar, dar a conocer, dar a saber. Pero en este capítulo de informar el periodista está obligado a describir aquellos sucesos que están perjudicando, de forma grave y quizá irreversible, al toreo, algo que jamás será propiedad privada de nadie. En el caso que nos ocupa, el toreo en México y en la Monumental de Insurgentes del D.F.

Hay un silencio público y una queja privada, ya casi histórica (quizá hasta histérica) sobre lo que sucede, año tras año, en la programación de las corridas  de toros que el empresario Señor Rafael Herrerías, programa. En tres vertientes: la paupérrima asistencia de público, las combinaciones de dudoso criterio y la presencia el toro. Nos cuesta creer que una ciudad con, entre 25 y 27 millones  de habitantes, con una extensísima red de medios de comunicación de todo tipo, con una plaza bien situada en la ciudad, no tenga la capacidad para reclamar la atención de más de 5000 personas en algunas tardes.
El deterioro de imagen de este coso, provocado por la falta de credibilidad del toro y su presencia, el pésimo manejo de los medios,  la ausencia de autocrítica y el silencio casi de corderos de las gentes del toro en México, están labrando un camino de difícil retorno. D.F. no sólo no es el buque insignia del toreo en México, país de una tauromaquia rica, variada y fuerte. El D.F., su imagen, su visión por tv domingo a domingo, es, salvo excepciones, una distorsión  del toro y del toreo en México. Y en México no hay rebeldía al respecto, sólo una aceptación casi servil.
Insistimos que el periodismo no es el lugar de la fiscalización de gestiones privadas. Si no fuera porque entendemos el toreo y la Fiesta como patrimonio de cultura y tradición, expuesta entonces al interés público y argumento de su defensa ante ataques diarios de los anti taurinos,  podríamos decir que el Doctor Herrerías tan solo tiene un gusto alejado del nuestro. Mal gusto. Y, aunque en el toreo (carteles, toro, combinaciones, programaciones…) como en la propia vida, todo se reduce a una cuestión de buen gusto, nuestra opinión sería irrelevante.
Pero el toreo no es propiedad de nadie aunque las plazas sí lo sean. El toreo es un legado de todos y hacia las siguientes generaciones. Es cosa de sentido común, de coherencia, de responsabilidad, de pasión, de actitud y si se nos permite, de patriotismo. Entendido éste como la lealtad al legado que nos dejaron y la lealtad para con su futuro. No entendemos entonces como una familia de pro, mexicana, taurina y patriota por todos sus puntos cardinales, los Alemán, arrendatarios del coso y sostén del actual gestor, estén mirando al tendido ante esta realidad.
A esta propiedad ilustre le decimos con tanta firmeza como respeto: miren a su plaza. Deteriorada en su interior, con aspecto de abandono y suciedad, de lavabos casi insalubres, vacía domingo a domingo… para una oferta de espectáculo en 2014 en una de las ciudades señeras de toda América y capital de su país. Miren a su plaza, a su toro, a sus sillones vacíos. Y, luego de ver esta joya de que es su plaza, miren al interior de sus corazones de mexicanos puros, de patriotas intachables y de aficionados de bien. Y decidan si lo que ven es compatible y coherente con  las obligaciones históricas a las que les obliga su rango, su posición social, su privilegiado lugar en el pódium de la historia, y lo ilustre de su apellido. Si lo que ven les place, no les place el toreo.