Hemos sido farsantes. Porque un hombre o una mujer que es incapaz de defender hasta el límite de su sufrimiento sus principios, es un farsante. En realidad, no tiene principios. Qué nos ha pasado a todos para serlo es un enigma de proporciones oceánicas. Quizá hemos exagerado nuestro contenido ruin que nos lleva a la querencia de las guerras fratricidas, del bellaquismo entre hermanos. Puede que la cobardía se apoderase de nuestra alma. Quizá pensamos que éramos intocables. Puede que sólo fuera por la prepotencia del ignorante o que somos hijos de la desidia y parientes del avestruz. Sea como fuere, hoy, Bogotá, 12 de noviembre de 2014, la farsa ha caducado.

Caduca de la mano de un país que no inventó el toreo, ni soñó la primera verónica, ni testificó el primer respirar de un becerro al lado de la placenta madre, ni fue casa de Picasso, alojamiento de Goya, tierra de Lorca, mar de Alberti, país de Belmonte. Caduca de la mano de Colombia y de su capital, Bogotá, que se echa a la calle con sus gentes para reclamar un derecho natural inherente a todo hombre y toda mujer: su libertad para decidir, para sentir, para expresarse, para reunirse, para compartir. Que es tanto como salir a la calle para gritar que un hombre tiene derecho a amar, que una mujer tiene derecho a ser amada, y viceversa.

Porque caduca ya, llega al fin el final de un trayecto cobarde y timorato, de una farsa que nos barrió Cataluña e hizo estremecer los cimientos de sangre y miedos y arte y valor y drama y júbilo que sembraron en nuestro ADN los que un día dieron el primer capotazo, los que siguieron por primera vez el rastro parido de una vaca en la inmensidad del campo. La manifestación de Bogotá es, ya, un éxito. Lo es porque en zona de tránsito áspero y espinoso, de enemigos activos, una chavalería de principiantes con principios se plantó frente a la intolerancia. Lo es porque un hombre dedicó tiempo y espacio a pelear en lo Constitucional contra el poder político de un represor corrupto.

Somos o fuimos la madre de la lengua de ese país que sale a la calle. Nosotros les dimos el vocabulario para armar las palabras valor, fe, dignidad, entrega, lucha. La de ellos y la de todos. Somos y fuimos madre y patria de países que nos regresan la vergüenza y, ojalá, el valor a salir de nuestro armario de miedo. Es hora de frotarse con cuerda mojada el estigma que llevamos en la piel y que nos ha colocado, falsamente, en el umbral de la barbarie. Es hora de decidir, en verdad desnuda, si tenemos principios. Porque si los tenemos, hay que defenderlos. Luchar por ellos antes de luchar entre ellos. Entre nosotros.

Nace un antes y un después combativo de dos patas, el efectista y efectivo de la calle y los medios. El del valor bajo el sol o bajo la lluvia, el del hambre por principios que son necesidad. No de comer, sino de alimentarlos para dejarlos intactos a la libre elección de las próximas generaciones. Esa pata y la otra, la del trabajo en leyes, en derechos legítimos reivindicados, en el constitucionalismo apelado y exigido por ciudadanos como los franceses y los colombianos. Y para esta lucha se necesita del valor de todos, del principio de todos y del miedo de nadie. No necesitamos el miedo privado de aquellos que están el poder, empresarios, políticos, actores… que, a la hora de defender sin careta sus supuestos principios, se esconden por el qué les dirán. Eso es no tener principios.

Desde este 12N colombiano, desde esta demostración no ficticia de valor con olor a café, sabor a plátano y ritmo de vallenato o merengue, nada deberá ser igual. En Bogotá nos suena el gallo, timbra el despertador, se agita el valor. Somos para ellos madre y patria que les ha dejado a ellos el papel del primer paso que debe dar la madre y la patria. Que nos sirva de ejemplo, si no de lección. Que sirva para perder el miedo a llamar a las cosas por su nombre, a no esconder ningún sentimiento o principio. Todo el que esconda, camufle, mediatice, oculte aquello que ama, no ama. Usa mal un te quiero que esconde lo que realmente quiere: se quiere a sí mismo.

Todo aquel que exige tiempo y espera, que albergue dudas y no esperanzas, que use las sombras para no dejar ver el amor por el toreo porque le puede perjudicar. Por el qué dirán los amigos o las familias o las empresas o sus negocios, es un farsante. Como en la vida, quien ama muestra, avanza, sale a la luz, la enciende, hace fuegos de artificio, de proclamación de su dicha, de su sentimiento. No se avergüenza de otra cosa  que no sea su propia vergüenza. Y defiende aquello que siente y principia por encima de todo y de todos desde el primer latido del corazón. Por encima de incultos, compresiones, tendencias, amenazas… por encima incluso de opiniones contrarias de familia o amigos o negocios.

Se acabó la farsa.

Gracias, Colombia.

Fuente: (mundotoro.com)