Estocada en la espalda 

 

Desde el momento que inicio su campaña a la presidencia de la república, una gran mayoría –incluyéndome a mí— pensó que, debido a su retórica divisiva, Donald Trump iba a ser uno de los primeros candidatos en abandonar la contienda política hacia la Casa Blanca. 

No fue así.  Por el contrario, al igual que en la época mítica de los caballeros del Rey Arturo de la Edad Media, Trump, como el forajido de la película, se deshizo uno por uno de sus enemigos.  A sus enemigos les dio puro mazote en la cabeza y sus amigos una puñalada en la espalda. 

Inicialmente fueron el senador Rand Paul y el gobernador de Louisiana Bobby Jindal quienes se le enfrentaron, lo denunciaron e hicieron evidencia de su incongruencia política. 

Paul comparó a Trump con Gollum, la figura detestable de la película El señor de los anillos.  Al igual que este personaje mítico del cine, Trump está obsesionado con el poder.  Su obsesión por la Presidencia, aludió Paul, es tanta que no le importa polarizar a la sociedad norteamericana. 

Por su parte, el gobernador Jindal caracterizó a la política de Trump como un “acto de carnaval” y que no tenía ningún conocimiento en la política del gobierno.  Incluso, lo acusó de ser una persona extremadamente “narcisista y egomaniática, que no le importa nada, más que acaparar riqueza y poder. 

El Partido Republicano estaría entregando la presidencia a Hillary Clinton, si es que [Trump] es nominado por los republicanos”, manifestó. 

A ambos los azotó con denuedo desde su caballo “blanco divisivo.  En el segundo debate de los republicanos, Trump dijo que Paul es un tipo que no tiene ni siguiera presencia física para ser presidente.  Es “feo” ironizó implícitamente.  Le encaró de que no tiene popularidad y que, en las encuestas, apenas tiene el apoyo mínimo de uno por ciento. 

Por su parte, a Bobby Jindal ni siquiera lo mencionó por nombre.  Lo ignoró y manifestó que su posición en las encuestas ni siquiera le permite responder a las acusaciones del gobernador.  Eso fue suficiente para aniquilarlo. 

El trato a Jeb Bush, su enemigo a vencer al inicio de su campaña a la presidencia, fue distinta.  Sabía que debía destronarlo.  Lo hizo ver muy mal ante los medios de comunicación.  Lo llamó “bajo de energía” y que pertenecía a una familia, que los votantes republicanos, no estaban conformes con su historial político.  

Lo sucedido recientemente con el senador de Texas Ted Cruz es un hecho sin precedentes; algo para anotar en la historia.  Inicialmente hubo una relación bastante amistosa entre los dos.   Cruz quiso manejar una estrategia amigable con el magnate de bienes raíces para acaparar apoyo de las bases más intransigentes de su partido político. 

De inicio, la estrategia de Cruz funcionó de acuerdo a lo planificado.  A pesar de empezar como uno de los candidatos políticos con menos posibilidades a ser nominado, llegó, hasta recientemente, a dominar en las encuestas del estado de Iowa y, en las encuestas generales, llegó a ser segundo después de Trump. 

Ante el surgimiento de Cruz como el candidato idóneo de las bases republicanas, Trump consideró que la amistad entre los dos había terminado.   Le encajó la primera estocada en la espalda antes del último debate de los republicanos al cuestionar la nacionalidad de Cruz –y por ende su elegibilidad por el hecho de haber nacido en Canadá. 

La estrategia de Trump nuevamente tuvo resultados positivos.  Hoy, a una semana del Caucus en el estado de Iowa, sigue cabalgando con el mismo ardor y sobre su caballo divisivo. 

Su victoria en las elecciones primarias de los republicanos –créanlo o no— es casi inminente.  Todos debemos estar preocupados.  Donald Trump ya casi arrasó a su partido político.  Solo nosotros, con nuestro voto, podemos detenerlo en noviembre de este año. 

 

 Humberto Caspa, Ph.D., es profesor e investigador de Economics On The Move             E-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.